“En el tacto del amor cada uno se convierte en un poeta” Platón.

No sé qué piensas tú, pero a mi hace tiempo que me parece que nuestro humano sentido del tacto anda en crisis. La tecnología y la sociedad moderna aportan muchos motivos para que el tocarse haya decaído considerablemente en nuestro día a día, con personas cercanas, incluidas las relaciones sentimentales y románticas. Estamos perdiendo mucho con esta nueva realidad; ser tocados se percibe positivamente en la mayoría de las circunstancias. 

El tacto es, con diferencia, una de las formas más directas de mostrar cuidado, apoyo y empatía por otra persona. El tacto, al ser una “experiencia visceral”, puede hacer que la proximidad sea especialmente destacada en comparación con otros indicadores de proximidad, como las señales visuales o la palabra. Tocar, como señal de proximidad sugiere que el proveedor del contacto táctil estaría dispuesto a proporcionar asistencia tangible si es necesario.

El tacto proporciona un soporte receptivo sensible y no intrusivo. Brinda tranquilidad, comodidad, es eficaz ante incertidumbres, las amenazas anticipadas y la angustia excesiva. En consecuencia, tocarnos con sinceridad y honestidad nos ayuda a restaurar o mantener la sensación de seguridad. La falta de tacto genera, es obvio, lo contrario; esto es, una enorme percepción de desinterés y desvalorización que frustra enormemente.

El tacto tiene una capacidad anti estresante que pocas veces tenemos en cuenta. Tiene un efecto de control de la severidad de los elementos estresantes y sobre el estrés basal; es decir, sobre aquello que nos mengua las energías.

Una última evidencia.

El contacto cariñoso, causal o juguetón es beneficioso tanto para el que lo da como para quien lo devuelve. Tocar a una persona querida, como en el caso de la pareja, de manera sensible y receptiva mejora la autoestima, el afrontamiento de los conflictos y la autoeficiencia personal.

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