Nicolás Durán de la Sierra

Siniestro Magistrado

Los párrafos que siguen no deben ser tenidos por el lector como inicio de la columna, aunque lo sean. Tienen que ser inscritos, con justicia, en el aparador de Aportaciones a la muy Raquítica Cultura Política de México. Sin afán de lucro, aspiran a dar luz a las barbaries priista, panista y la de su hijito bastardo el  Partido Verde, que tantas penas y sinsabores ha dado al medio ambiente de este sufrido país.

Hubo una vez, hace algunos siglos, un sujeto que cuando lo llamaban respondía al nombre de Al Nāsir Salah ad Dīn Yūsuf ibn Ayub o, para los cuates de Occidente, Saladino. Entre otros varios aportes al Islam, se dio el gusto de enfrentar con éxito las pillas incursiones de los ‘cruzados’ a Palestina, donde se hallan los ‘lugares santos’, sobre todo en Jerusalén, que es una ciudad mucho más fea que León, Guanajuato, que ya es decir.

En lenguaje coloquial puede decirse que Don Saladino, que no era varón que aguantase menosprecios y por ello se pone el casi prefijo ‘don’, dio tales tundas a los cruzados que estos, al sólo oír “ahí viene don Al Nāsir Salah ad Dīn Yūsuf ibn Ayub” se meaban de miedo dentro de sus armaduras. Se avisa que sólo los que podían pagar la cota protectora, porque la plebe orinaba donde fuera sin la fineza, siquiera, de quitarse los calzones.

Cabe indicar que hasta el famoso Richy Corazón de León, rey de Inglaterra allá por 1180, reculó frente al califa suní al son de que “con estos inches árabes no hay quien pueda”, y decidió mejor saquear Chipre. Tampoco era cosa de tornar a Inglaterra en la inopia. De lo que mucho que atracó en el Mediterráneo y en el levante árabe, una buena parte fue a dar a los bolsillos de sus publicistas. Nunca vio un león, ni ganó batalla alguna.

El breviario viene al jaez porque los pobrecitos ignaros que atienden las oficinas municipales, estatales y federales les ha dado por realizar campañas con el simpático ripio de “cruzada contra el hambre”, “cruzada contra el coyotaje” –mare gaio–  y la cruzada contra lo que al lector pudiera gustarle. Las famosas cruzadas las perdieron los europeos, por lo que usar la idea en los programas públicos es una tontería. 

Acaso, dirá algún suspicaz, el manejo de la idea es preciso porque, a fin de cuentas, tales campañas cuajan en nada, lo que valora la frase. Ná, dijera el cañé: lo dicen porque son un poco tontos y, además, huelen a sacristía sin cirios aromados, lo que es harto pestilente. Entre los árabes las cruzadas eran llamadas las yihad ‘de oeste’. Del oeste de ellos y respecto del meridiano de Cádiz, que el de Greenwich aún no funcionaba.

Por cierto, ya en el tema, la sin par doña Laura Fernández, secretaria estatal de turismo, logró alta cima de humor. Resulta que los gringos del Este, simpáticos ellos, decidieron cambiaron su uso horario, como pasa cada año y estropearon el discurso oficial de por acá. Dice la ex diputada que van a estudiar (¿?) el caso y que, si el dios de los zafios los oye, para el 2016 van a pedir al congreso federal nos pongan una hora más. No, pos sí.

Acabado ya el altruista aporte a la cultura política nacional, vamos a la miga: el pasado domingo, a las siete y media de la mañana, en Cancún, ocurrió un accidente fatal en el que cinco corredores de maratón fueron atropellados, en síntesis, por una camioneta de transporte turístico. Uno de ellos murió y los otros resultaron heridos graves. Las víctimas no tan sólo tuvieron que afrontar las secuelas del percance, sino además la rapacidad de las aseguradoras y del hospital donde fueron llevados.

En el hospital ‘Playamed’ le cobraron a uno de los afectados 900 pesos por tres “sábanas desechables” que nunca pusieron, por no hablar de una batería de estudios superfluos que, al fin, redundaron en costos como inútiles fármacos. Para su debida atención tuvo que ir a otro hospital. Otro de los heridos no fue inscrito en la lista de la aseguradora HDI y por esa omisión simple y llanamente no se le atendió. Tenía una costilla rota.

Salvo por la objetiva nota del periódico Por Esto¡, los demás medios impresos hicieron un festín del percance. Las reflexiones que siguen son de la gran periodista Gloria Palma Almendra y aparecieron en el portal noticioso electrónico de Cancuníssimo:

“El periodismo, al menos en manual y código, es decir, en teoría, es el eje de una balanza en la que, por un lado, está el poder (sea político o criminal) y por el otro, la sociedad civil. El eje equilibra. En el ejercicio del periodismo, sin embargo, la aguja de la balanza está ahora bastante inclinada hacia el poder, en muchos casos criminal.

“La nota roja se maneja de forma tan irresponsable e insensible en muchos medios de comunicación, que se convierte en arma expansiva. Las ‘cabezas’ –geniales entre más adjetivos y doble sentido tengan”, justificarán los editores- aumentan la pena de familiares o deudos. Las fotos –“cotizadas y mejor vendidas entre más sangre expongan”, argumentarán los editores- causan más sufrimiento a quienes ya lo soportan.

“En la nota policiaca ya no existen personas ni historias; sólo morbo, sangre, humillación y una ceguera profunda hacia la aguja que debería de apuntar, en el ejercicio periodístico, a favor de la sociedad civil, la misma a la que -¿se nos olvida?- pertenecemos. Así, el periodista acaba convirtiéndose en perpetrador.

“Expongo lo anterior después de revisar en la prensa las noticias de la muerte del maratonista Arturo Fuentes, “Boris”. Ningún medio consignó que el domingo 8 de marzo, cuando perdió la vida, entrenaba para participar en la Maratón de Boston, al que no cualquier corredor clasifica. No, su foto, descarada, ocupó el mayor espacio.

“En ningún espacio informativo me enteré de que era un amoroso y dedicado padre y esposo; que desde hace años había abandonado su carrera de tenista, por la que se ganó el apodo de Boris en referencia al sueco Boris Becker, número uno en el tenis durante los años 80; que, sin embargo, se dedicó a entrenar a su hija en este deporte, hasta lograr que ahora a sus doce años esté en el ranking nacional.

“No, las fotos de fierros retorcidos de los vehículos involucrados en esta tragedia, ocuparon el mayor espacio. Eran las siete de la mañana del pasado domingo. Él y otros tres atletas habían escogido un tramo de la carretera a Mérida, en la periferia de la ciudad, para entrenar velocidad en vía recta y sin obstáculos. Iban a recorrer menos de diez kilómetros porque el reto no era la distancia. Iban escoltados por una camioneta Toyota que, a vuelta de rueda y con los faros encendidos, alertaba a los conductores, a distancia, para que bajaran la velocidad.

“De nada sirvió. Diego Quezada, el chofer de una ‘Suburban’ del transporte turístico, impactó a la Toyota por atrás con toda la velocidad a la que conducía. Fue todo muy rápido; muy fuerte. La camioneta que los protegía los golpeó por el impulso del choque y los lanzó al monte. Boris murió en el instante.

“A su muerte, sin embargo, no sólo le sobreviene la insultante cobertura noticiosa; también, y quizá por eso mismo, la unión que en un instante –el de su muerte- logró infundir entre los atletas de Cancún, quienes junto con sus familias salieron en caminata este pasado domingo, 15 de marzo, para honrarlo y respaldar a su esposa y su hija”.

Esta pulcra columna resultaría incompleta si no se suma al furor nacional de la gente pensante y proba por la llegada de Eduardo Medina Mora a la SCJN con los votos senatoriales del PRI, el PAN y del bastardín Partido Verde. Su imposición ofende a la propia historia del tribunal nacional y no sólo por la fama del siniestro personaje, sino porque éste nunca ha formado parte del poder judicial. Vamos, no ha sido siquiera juez de paz.

El aún embajador de México en los Estados Unidos llegó al máximo tribunal nacional no por sus méritos, sino por órdenes giradas desde Los Pinos a sus lacayos legislativos y a despecho del abultado número de especialistas en derecho que insistían en que la mera postulación de Medina Rora era improcedente tan sólo por su bajo perfil académico y su total inexperiencia en lo que toca a la impartición de la justicia.

Llegó sin que importara que a este oscuro sujeto se le ligara con el crimen organizado durante su paso por la procuraduría federal, o de su documentado aval a la operación ‘rápido y furioso’, que redundó en la entrada al país de miles de armas que fueron a dar a manos del crimen, o la aprehensión de ediles michoacanos a los que luego hubo que pedir disculpas, o… En fin, sobran los ejemplos de su rufiandad.

La llegada de Medina Mora a la Suprema Corte asimismo viene a deslucir aún más la ajada imagen del máximo tribunal nacional, un tribunal que aún no se rehace del yerro de haber liberado a la criminal francesa Florence Cassez por órdenes de Los Pinos. Como se sabe, la francesa, en un alarde de cinismo, osó pedir, hace unas semanas, una indemnización millonaria por su ‘injusto’ encarcelamiento.

Así pues, el que los votos de los tres vergonzantes paridos hayan llevado a Medina Mora a la Suprema Corte de Justicia de la Nación resulta una afrenta para la justicia en México y un abuso más del Poder Ejecutivo al manipular al Poder Judicial por medio de sus personeros legislativos. Y luego se quejan en Los Pinos de que tanto dentro como fuera del país se acuse al gobierno federal de corrupto. Corruptos son y hasta la medula. 

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Nicolás Durán de la Sierra

Originario de la Ciudad de México (1960) estudió periodismo en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, con cursos externos de filosofía e Historia de la Literatura en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM Y de Economía en la Universidad Autónoma de Madrid, España.
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