Los estilos de vida actuales requieren que estemos conectados permanentemente a través de diferentes herramientas tecnológicas. Desde la aparición de revoluciones en lo tecnológico, como las redes sociales y, especialmente, el desarrollo de la telefonía móvil, las formas de relación entre las personas han experimentado cambios muy significativos. Tales cambios abarcan a cualquier aspecto de la cotidianidad, se producen en la comunicación familiar, social o laboral, en muchas ocasiones desplazan la realidad palpable.

Que los avances tecnológicos son capaces de mejorar nuestra calidad de vida es algo incuestionable. Que pueden no ser inofensivos, también lo es. Todos conocemos a alguien que sustituye palabras por emoticonos y conversaciones por mensajes de textos o que, finalmente, expresa su opinión utilizando el famoso “like”. Podemos estar en una reunión, en una cena, en una excursión y hasta el en el cine, y veremos personas que prestan más atención a lo que ocurre en su smartphone que a las personas que acompaña o las situaciones a las que debe dedicar su atención preferentemente.

La injerencia del móvil en nuestras vidas es tal que, incluso, ocupa un lugar destacado en las relaciones sentimentales. Paradójicamente, genera una expectativa de libertad, autonomía e independencia, de construcción de redes de socialización virtual, especialmente importante para los jóvenes, que buscan en ellas ampliar su capital social. Sin embargo, sucede que, la construcción de una realidad virtual puede generar una dependencia severa que dañe el carácter y la profundidad de las interacciones cara a cara. En situaciones de dependencia a la tecnología virtual, las personas pierden mucha capacidad para detectar e interpretar las señales sutiles, los cambios en las expresiones faciales o en el tono de voz del interlocutor. El contacto visual es menor y se pierde mucho de lo que abarca una mirada sobre el/la de enfrente.

Con los sonidos de las notificaciones push: mensajes, likes, eventos, descargas, alertas, ocurre algo así como con el tintineo de las monedas para un avaro, provoca una experiencia cada vez menos empática hacia los demás. De entre los push, el like es, sin duda, el que más nos acerca a una sociedad en la que todo se mide y puntúa. El like y similares ha venido a cambiar las reglas del juego en las relaciones sociales. La aceptación social es la recompensa que se intenta y reintenta, y que genera que los usuarios aprendan a usar de forma compulsiva el móvil, principalmente.

“Me gusta” no es ni parecido a me gusta o me gustas. El like , especialmente para los adolescentes más vulnerables en los momentos más complejos de la construcción de su autoimagen, es un sistema de recompensa virtual que activa los sistemas dopaminérgicos del cerebro, los mismos que estimula el tabaco, el alcohol o el juego patológico,  disminuyendo el espacio que separa abusar del móvil y la adicción al dispositivo smartphone.

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