Las personas somos imperfectas, extravagantes y complicadas. Con frecuencias nuestras expectativas en las relaciones con otras personas acaban por frustrarse. Después de comienzos cargados de emociones, el paso de un cierto tiempo descubrimos el alcance y la realidad de una relación de falta de similitud, valores e intereses compartidos. Errar en la búsqueda de la pareja perfecta es de lo más común. 

La moraleja a esta experiencia es que no hay fracaso después de que se revelen incompatibilidades fundamentales.

A veces es por nosotros y a veces no.

Cuando nos preocupamos mucho por nuestra monogamia en serie, de relacionas que duran poco más de un año, tendemos a considerar que el problema reside en nuestras exigencias, nuestro altos estándares de relación o nuestra incapacidad para el compromiso. Así que decidimos dejar de buscar la perfección y aumentar el compromiso. Pero en nuestro deseo de evitar una nueva relación fallida, nos lleva a “corregir en exceso”, a ignorar algunas banderas rojas de las relaciones tóxicas.

La moraleja de esta historia es que el compromiso y el esfuerzo pueden hacer que el miedo a una nueva relación fallida prolongue una relación, pero eso no es lo mismo que tener una relación satisfactoria.

El compromiso no siempre es algo bueno.

Desde los estereotipos sociales y familiares, la cultura y la religión, se nos bombardea con mensajes que nos dicen que deberíamos tener una relación romántica a largo plazo y que estamos incompletos sin la “mitad” de otra persona. Como consecuencia de esta presión podemos acabar persiguiendo o estableciendo relaciones abocadas a la insatisfacción.

La moraleja de esta educación es que vivir la vida como la entienden otros nos puede llevar a relaciones inquietantes para satisfacer las expectativas sociales.

El hecho de que no estés en una relación romántica a largo plazo no significa que hay algo mal contigo o que no eres amable.

Comentarios