Nicolás Durán de la Sierra

Mayor deuda estatal y Apache, en defensa del empleo en Chetumal

“Soy un triste payaso, Que en medio de la noche…» Javier Solís/Payaso

Tras  el visto bueno de la XV Legislatura de la iniciativa para que el gobierno estatal contrate nueva deuda y, aunque no se hizo oficial el monto, en corrillos legislativos se habla de la ya avanzada negociación de créditos bancarios por casi dos mil millones de pesos que, según dictamen de los diputados, se destinaran estrictamente  a obras que generen incremento en los ingresos públicos. Cosa buena es la confianza.

Esto significaría, de confirmarse el monto, que la deuda estatal llegaría a 21 mil 200 de pesos, con base en el último informe de la quiebra estatal. La diferencia entre este crédito y los del pasado gobierno, diluidos en dispendios o desviados Borge Angulo y socios, es que el dinero será fiscalizado por el Registro Estatal de Obligaciones y Financiamiento, instituto por entrar en funciones. La confianza es una virtud.

Tan sólo el mero anuncio de la posibilidad de un nuevo  crédito generó, entre la disque irreal oposición al gobierno de Carlos Joaquín, un alud de protestas: “no que no iba a haber más deuda…”, es el terrible crimen. Empero, por la situación heredada, tal opción y ampliar el plazo de pagos de la misma, es la salida que hay para sacar del bache al Estado. Eso y tal y como se hace, conseguir dinero federal fresco. Creamos.

Para el lector no debe extraño que, semana tras semana, se descubran nuevas transas y corrupciones de los gobiernos pasados –estatal y municipales- con lo que el menoscabo al tesoro público se hace mayor. Según Francisco López Mena, el secretario de gobierno, todavía no concluyen las auditorías, por lo que aún no se tiene el monto total de lo perdido. Hasta hoy, diecinueve mil 200 millones.

Según el funcionario, se tienen indicios de que parte del dinero robado se halla fuera del país y está localizado. Claro, Borge Angulo y su gang, que de seguro tiene ramificaciones en la Ciudad de México, no iban a conservar el producto de su rapiña en un país tan lleno de delincuentes. Si aún no lo han hecho, sería aconsejable seguir la ruta de las inversiones del Félix González, pulcro senador.

No está de más: el daño no sólo está en el propio desvío de fondos, sino también en que lo robado tenía un fin que no se pudo cubrir y que, con recursos nuevos, debe atenderse, como poner en operación el Hospital General de Cancún, que más allá de su costo –unos quinientos millones- debe tener el record Guinness en tiempo de construcción: dos sexenios, y todo hace suponer que en el 2017 alcance los trece años.

Ahora vamos al tema medular de esta columna repartida en tramos, vamos pues al tema de los payasos. De seguro ha de recordarse que en la entrega anterior se asentó que a don Stephen King, el célebre escritor norteamericano, se debe en parte la epidemia de payasos que gozan asustando vecinos de diversas ciudades del mundo, aunque a unos pocos la broma les haya costado una severa tunda.

Para los que no toman Sukrol o para su pesar no leyeron el texto, se dijo que para la figura estelar de la novela el autor de la novela It (Eso, en español) se había inspirado en la saga de ‘Pogo’, tétrico personaje que sembrara el terror en Illinois, Estados Unidos, entre 1976 y 1978. Sí, en efecto, se trata de un asesino serial que se vestía de payaso, pero que el lector no se crea sagaz pues ya se le habían dado las pistas.

Hacer una síntesis de lo ya escrito resulta fatal para los efectos novedosos que se buscan para adobar la lectura. Es más, el tipo se llamaba John Wayne Gacy, y además, mató a la friolera de treinta y tres muchachos. No estaba demente, sino que era un criminal irredento que, yendo rumbo a la inyección  letal, envió “al infierno a todos (los presentes), que allá los espero”. Congruente, era eso sí.

¿Qué tienen que ver estas referencias con las protestas de una agrupación de Chetumal que ve perder sus empleos? Ah, es por ello que se abordara la semana pasada el ‘Efecto Mariposa’, el que grosso modo dice señala que “El batir de las alas de una mariposa puede provocar un ciclón en otra parte del mundo…” El efecto nada tiene que ver con Catemaco y su brujería, sino con la Teoría del Caos de Laplace-Lorenz.

Entonces, duro contra King  y Wayne, los que de seguro tienen entre sus parientes a algún poblano, digo, para dar sabor local al cocido. Sí, pero no –Ajúa-: la coulrofobia, el  miedo irracional a los payasos, es más antigua. La voz tiene raíces griegas. Los primeros payasos –China, Egipto, Grecia y un largo etcétera- andaban sobre zancos y de allí el origen de la palabra. Miedo a los que andan en zancos, o payasos.

Para los curiosos, se le asocia con la geliofobia, es decir con el miedo a reírse o a la risa en sí misma (Gelo, risa). Si al que lee el morbo le gusta tanto como al que escribe, puede solazarse en la novela El nombre de la rosa, de Umberto Eco, publicada en 1980.Pero dado que la columna no es ni de lejos un diccionario de amenidades, cambiemos el giro.

A quienes leyeron la entrega anterior y se inquietaron por la existencia del Malleus payasycus (Vaticano-1640), se aclara que la obra está reseñada en el primer volumen de la obra El necronomicón, grueso grimorio de la autoría de Abdul Al Hazred, sabio árabe que lo entregara, según se cuenta, al escritor norteamericano Howard Phillips Lovecraft, quien da

Continuando la huella dejada en la entrega anterior y de la que ya se puede hacer un libro de citas, acabemos por fin  de desliar la madeja, no sin antes advertir al lector que tanto por su salud mental como por la del Escriba, se buscará otra estructura para cuando se precise de dividir columnas, pues esta es muy latosa. Luego ni el autor recuerda de que va la saga y todo se embrolla. He dicho.

¿Qué tienen que ver, pues, todos estos ingredientes con la referida agrupación chetumaleña? Mucho. Si no fuera así, no se le incluiría en este texto sin par. La asociación tiene un sonoro nombre: Apache. Además, está encabezada con toda altivez por don “Raiko”, payaso profesional con veintiún años de experiencia que hace gala de su arte -cuando lo dejan- en la Plaza las Américas de la ciudad capital.

La Asociación de Payasos de Chetumal, Apache, la que agrupa a unas ochenta personas, marchó semanas atrás por la Avenida Héroes en demanda de respeto a su trabajo y de que cese, de una vez por todas, el ruin acoso de los medios de comunicación, un acoso que ha ocasionado el cierre fuentes de trabajo en la ciudad. “Nos acusan de asesinos y hemos sufrido hasta agresiones verbales y físicas…”.

El asunto debe ser importante para el lector sensible, ya que algunos socios de la Apache, los procedentes de Cholula,  han optado por buscar trabajo en el sector oficial y olvidarse de dar alegría a los reyes del hogar –para los monárquicos- o a los chamacos, para los de aires republicanos. De hecho, por seguridad de los internos, no les han permitido ya trabajar en el Centro de Readaptación Social de Chetumal.

Por tanto, considerando que el de payaso es oficio útil al Estado en estos tiempos aciagos y merece miramientos y respeto; considerando asimismo que el arte bufo ha influido en grandes literatos –“el payaso es el poeta en acción”: Henry Miller-, se insta a la sociedad de Chetumal y alrededores que deje de ‘hacerle al sueco’* y se solidarice con la Apache, que lo que falta en la ciudad, es dinero… y esa no es cosa de risa.

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El habla popular español por hacer el tonto, dice ‘hacer el sueco’. Es modismo nació en el S. XVI y su explicación es muy larga para una nota de pie de página. Ej. La Academia Sueca acaba de hacer el sueco al dar el premio de literatura a Bob Dylan, decente judío que donará los dineros con que se dota al galardón a la dolorosa causa palestina.

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Nicolás Durán de la Sierra

Originario de la Ciudad de México (1960) estudió periodismo en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, con cursos externos de filosofía e Historia de la Literatura en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM Y de Economía en la Universidad Autónoma de Madrid, España.
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