El duro impacto de la epidemia del coronavirus en México, con su larga cauda de muertos y sus no menos temibles secuelas económicas, nos ha dejado diversas enseñanzas. Entre otras, no solo nos mostró una radiografía de las carencias nuestro sistema de salud, corroído por la corrupción, sino también nos brindó un terrible diagnóstico de nuestra salud comunitaria.

Como se ha insistido, muchas muertes se hubieran evitado si el infectado no hubiera padecido diabetes o hipertensión, enfermedades estas en las que nuestro país tiene los primeros lugares del orbe. Resulta pueril creer que, con tales antecedentes, el conteo de decesos no iba a ser tan alto. Estamos pagando hoy las añejas facturas de nuestra falta de cultura para la salud.

En algunos meses, cuando mengue la expansión de la epidemia, el país ya tendrá un mucho mejor sistema de salud y no sólo en lo que se refiere a hospitales y sus equipos o al número de médicos, sino también en lo que toca el abasto de medicamentos, una de las áreas más problemáticas del propio sector, pues estaba en manos de un amafiado monopolio de laboratorios químicos.

Atender el otro aspecto, el de la salud comunitaria, es más difícil aún, pues el deterioro inició hace muchos años. Hoy, con 31 millones de enfermos, el país ocupa el primer sitio mundial de hipertensos y el noveno lugar en diabéticos, y por lo que respecta a la obesidad, otra de sus patologías, México se ubica en el segundo sitio internacional, apenas atrás de los Estados Unidos.

Mucho es lo que hay que andar para apartarnos de esas oscuras categorías, y es en tal contexto que resalta el dictamen del congreso de Oaxaca que recién prohibió la venta de bebidas y comida “chatarra” a adolescentes y niños y la medida abarca no sólo todo tipo de tiendas, sino también a las escuelas primarias y secundarias y a las máquinas expendedoras de los productos.

Esta medida, que debe ser emulada por los demás estados, es un paso cierto para enfrentar las patologías citadas; la obesidad está ligada con las otras dos. Ya se perdió el agua derramada, pero cuidar los hábitos de la niñez es el único camino para fomentar la cultura de la salud. Valorar la importancia de la salud pública es una gran enseñanza dejada por la epidemia.

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