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Lance Armstrong, el mayor estafador en la historia del deporte

El ex ciclista estadounidense construyó una carrera récord en base un plan sistemático de dóping durante años, que lo hicieron perder sus títulos y lo llevaron a una suspensión de por vida.

La personificación del «sueño americano». Un tramposo. Un sobreviviente. Un soberbio. Un ejemplo de vida. Un manipulador. Una leyenda del ciclismo. Un mentiroso. Un campeón extraordinario. El mayor estafador en la historia del deporte. Lance Armstrong es el hombre de los mil rostros. Todo depende de qué etapa de su vida se ponga bajo la lupa y de quién sea el encargado de realizar el escrutinio. Hay quienes lo condenan por haber protagonizado uno de los capítulos más oscuros de su disciplina. Y hay quienes aún después de que confesara que se había dopado durante años, cuando ya lo habían despojado de sus siete títulos del Tour de Francia y suspendido de por vida por el uso de sustancias prohibidas, lo siguen respaldando.

Aunque en una idea todos coinciden: el del estadounidense es uno de los casos de ídolos caídos en desgracia más dolorosos de la historia del deporte. Y por eso se esperaba la primera parte de un documental que se estrenó este domingo por ESPN en Estados Unidos y que todavía no se sabe cuándo llegará a las pantallas de Sudamérica. Para conocer aún más a un personaje que desató los más variados sentimientos por su historia de vida.

Cuando Armstrong todavía no era Armstrong sino un ciclista prometedor que tenía en su haber un título mundial de ruta en 1993, en Noruega, y un par de victorias en pruebas menores, pero no había dejado aún su marca en las Grandes Vueltas (sumaba dos triunfos en etapas del Tour), se ganó el corazón del mundo entero.

Nacido en una familia humilde, tuvo un padre ausente, que se divorció de su madre y rehizo su vida cuando el pequeño Lance tenía apenas dos años. Y su padrastro demasiado estricto lo adoptó y le dio su apellido. Por eso Armstrong encontró en el ciclismo una vía de escape. A puro pedaleo, construyó una vida muy distinta a la que le habría tocado por herencia.

En 2005, Armstrong sumó su séptimo título consecutivo en el Tour de Francia… a puro dóping

Si esa historia de superación no fuera suficiente para transformarlo en un modelo seguir, su imagen creció aún más cuando le ganó la batalla a un cáncer de testículo en fase tres, que había hecho metástasis en el cerebro y los pulmones a fines de la década del ’90.

Y su regreso al ciclismo profesional, dos años después de su diagnóstico en 1996, para ganar siete títulos consecutivos en el Tour de Francia entre 1999 y 2005, algo que nadie más ha conseguido, terminó de catapultarlo al Olimpo del deporte.

No duró mucho en lo más alto. Las primeras acusaciones de dóping publicadas en 2005 en un informe del diario francés «L’Equipe», tras el primer retiro del estadounidense, sembraron la duda sobre su inocencia en la opinión pública. Muchos empezaron a cuestionar su hegemonía de tanto tiempo en la prueba de ruta más dura del ciclismo.

Durante años, Armstrong mantuvo su inocencia. Incluso cuando varios ex compañeros del equipo US Postal, con el que había conquistado sus siete trofeos en la «grande boucle», reconocieron haber formado parte de un programa de dopaje sistemático que incluía el uso de hormonas de crecimiento y testosterona, eritropoyetina (EPO) y autotransfusiones para aumentar la cantidad de oxígeno en sangre.

La portada de «L’Equipe» del 23 de agosto de 2005, que fue el puntapié inicial del escándalo. «La mentira de Armstrong», tituló el diario francés.

El texano jamás admitió haber usado sustancias prohibidas y llegó a señalar en varios contactos con la prensa que durante su carrera se había sometido a más de 500 controles antidopaje, sin ningún resultado adverso. Su negativa no ayudó a crear simpatía entre quienes veían cada vez menos probable que hubiera logrado reinventarse y transformarse en un campeón imbatible sin la ayuda de las drogas.

Armstrong siguió negando todo, aún cuando en 2010 su ex compañero Floyd Landis, que había sido despojado de su título del Tour de 2006, admitió el dóping y el gobierno de Estados Unidos inició una investigación sobre el caso.

Y también en 2012, cuando la Agencia Antidopaje de Estados Unidos (USADA), a partir de análisis de muestras de sangre de 2009 y 2010, y de declaraciones de muchos testigos, lo acusó de liderar «el programa de dopaje más sofisticado que ha visto el deporte» y de presionar a sus compañeros de equipo a doparse. Él no apeló los cargos, pero tampoco aceptó la culpa.

La USADA lo despojó de todos sus logros desde agosto de 1998 en adelante, incluidos los siete trofeos de la Gran Vuelta francesa y el bronce olímpico que había ganado en Sydney 2000. También lo suspendió de por vida y le prohibió practicar cualquier deporte de manera profesional, no sólo el ciclismo. Esas sanciones fueron ratificadas luego por la Unión Ciclista Internacional (UCI) y el Comité Olímpico Internacional​ (COI).

La caída fue dura. Y la condena de gran parte de la sociedad, inclemente. Tras la sanción, perdió más de 75 millones de dólares en patrocinios. Y hasta lo invitaron a renunciar a la presidencia de su propia fundación de lucha contra el cáncer. Su manchada imagen había generado una fuga de donaciones en la organización, que hasta cambió su nombre de Lance Armstrong Foundation a Livestrong Foundation.

En 2018 pagó 5 millones de dólares para llegar a un acuerdo con el Servicio Postal de Estados Unidos, dueño del equipo en el que había competido, que le había iniciado una demanda por fraude y le había llegado a exigir una indemnización de 100 millones.

En enero de 2013, en una entrevista con la presentadora Oprah Winfrey, Armstrong confesó haber utilizado sustancias prohibidas durante casi toda su carrera. Pero nunca pidió perdón.

El litigio se había iniciado tras la confesión de Armstrong en una entrevista con la presentadora Oprah Winfrey en enero de 2013. En esa charla, el ex ciclista reconoció que durante gran parte de su carrera había utilizado drogas para mejorar su rendimiento. Sin embargo, nunca pidió perdón. Nunca se mostró arrepentido por haberse dopado, sí por haber mentido durante tanto tiempo y por haber demandado a quienes quisieron exponerlo. Y hasta tildó en su momento el accionar de la USADA en su contra como una «caza de brujas».

«Hice lo que tenía que hacer para ganar», repitió una y otra vez desde entonces. En el adelanto del documental de ESPN, incluso aseguró: «Lo que hice no era legal, pero no cambiaría nada».

Esa falta de «mea culpa» fue tal vez la razón por que la que muchos fanáticos del ciclismo -y otros no tan fanáticos- nunca lo perdonaron. Para ellos, su nombre es sinónimo de engaño, de decepción, de trampa. Aunque no todos lo ven así.

Hay quienes siguen defendiéndolo y recalcan que en esa época el dóping era algo común en el ciclismo y para ser un gran campeón, como fue Armstrong, había que romper las reglas. Se respaldan en una estadística que marca que el 80 por ciento de los medallistas del Tour entre 1996 y 2010 estuvieron involucrados en casos de dopaje.

Y hay quienes, más allá del escándalo de su carrera deportiva, siguen viendo al texano como un modelo de vida y celebran el trabajo que hace, casi en el anonimato, para ayudar a enfermos de cáncer, a pesar de ya no estar involucrado en su fundación.

Fue un atleta que defraudó a sus seguidores y manchó su deporte. Para otros, un competidor nato que hizo lo que debía hacer para dejar su nombre en la historia. O un luchador de la vida, que venció al cáncer y continúa siendo una inspiración.

Lance Armstrong. El ídolo caído.

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Clarin
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