México

La desgracia de la conformidad

La ilusión de pretender que las cosas cambien haciendo siempre lo mismo

La semana pasada tuve la oportunidad de visitar la zona de desastre en Ecatepec de Morelos en donde hace algunas semanas las aguas negras inundaron las calles; San Andrés de la Cañada. Me sorprendió ver la normalidad con la cual los lugareños de esta zona llevan a cabo sus actividades cotidianas, tal cual y como si no hubiera pasado nada, aunque la realidad nos haya restregado en nuestras caras otra cosa; cientos de damnificados que, literalmente, lo perdieron todo. 

Por mera curiosidad, me di a la tarea de preguntar a algunos vendedores ambulantes ubicados a un costado de la avenida principal cómo había sido su experiencia con la corriente de agua que además de que se incrementó enormemente en cuestión de segundos, arrastró con automóviles y camiones de pasajeros debido a la brutal fuerza que traía consigo. Las respuestas evidenciaban una mezcla de emociones encontradas al describir una situación que marcó a estas personas de por vida: 

“Ya tenía mucho tiempo que no llovía de esta manera. De repente vi cómo una ola enorme venía arrastrando con todo en la carretera. A nadie le dio tiempo de correr, es más, ni siquiera supe en qué momento la corriente se llevó mi puesto. Sólo corrí para protegerme del agua porque tenía un chingo de fuerza. Dios quiera y no se haya llevado gente porque había de todo en la corriente, hasta alcancé a ver cómo el agua se llevaba tinacos grandes”.

Me expresó Fernando, un vendedor de fruta que ese día perdió su puesto. Posteriormente me comentó que sus hijos le ayudaron a comprar otro, ya que con el dinero que recibe de su pensión no le alcanza para solventar todos sus gastos: 

“Lo que me da coraje es que nadie se acercó a nosotros para preguntarnos cómo nos fue. Sólo vinieron a llevarse el lodo y toda la porquería que dejó el agua, pero de ahí en fuera, al menos a mí, nunca me preguntaron de qué manera podían echarme la mano. Al final siempre tenemos que ver cómo le hacemos para salir adelante, porque el gobierno ni sus luces. Sólo le pido a Dios que nos cuide porque se sigue inundando cabrón aquí cada vez que llueve, y la neta sí me da miedo que se vuelva a desbordar la presa”.

Posteriormente, tuve la fortuna de encontrarme con Amelia, una alegre y muy optimista joven de 22 años que vende bolsas de mano afuera de un Aurrera ubicado en esa zona. Amelia decidió entrar al negocio de la economía informal a partir de que la pandemia dejó sin trabajo a su madre. Su padre, desafortunadamente, perdió la vida como consecuencia del COVID-19: 

“La vida en esta zona es bastante difícil. Yo iba en la UACM (Universidad Autónoma de la Ciudad de México) de Cuautepec cuando las cosas se empezaron a poner feas. Me acuerdo de que cuando empezaron a anunciar en las noticias lo de la pandemia, mi papá todavía estaba trabajando su taxi. Él fue uno de los primeros que se enfermó y se puso muy mal. A los pocos días le pusieron oxígeno, pero ni así podía respirar bien, cuando lo llevamos al hospital el doctor nos dijo que ya venía muy mal y que era muy probable que tuviera daño en los pulmones. Luego falleció y a mi mamá le dio el bajón, yo creo que por eso también se enfermó, porque cuando estaba cuidando a mi papá no tenía ningún síntoma, sólo después de que se murió a ella le empezaron a salir todos sus males. Pero afortunadamente, sólo tuvo tos y un poco de dolor de cabeza. Eso es algo que no me explico; cómo es que algunos no resisten la enfermedad, y cómo es que a otros no les pasa nada”.

En esta parte de la conversación noté que se le empezó a quebrar la voz, por lo que le dije que, si así lo quería, podíamos detener la plática o cambiar de tema abruptamente, pero ella sonrió y me dijo que la disculpara, a lo que le agradecí por confiarme un episodio de su vida tan personal y doloroso: 

“Perdón, es que todavía me pongo triste cuando me acuerdo de mi papito. Pero bueno, como te comentaba; la vida en esta zona es complicada. Mi mamá me contó que hace muchos años pasó lo mismo con la presa y que muchas personas perdieron sus cosas, de hecho, puedes ver videos en YouTube en donde se ve cómo el agua se llevaba a las combis con personas adentro. Pero lo que no termino de entender es cómo a pesar de lo que pasó, la gente no hace nada”. 

Fue en ese momento que Amelia pronunció las siguientes palabras que me sirvieron de inspiración para el presente artículo de opinión: 

“Vea a la gente como si nada, las calles siguen igual; sucias y llenas de basura. No sabe cómo me molesta cuando veo a la gente que tira basura, pero si les dices se enojan y hasta alguna grosería te dicen. Yo cada vez que llueve me pongo muy nerviosa, me da mucho miedo, porque de verdad que cuando la presa se desborda no hay nada que la pueda detener. Ese día estaba a punto de irme a mi casa, pero no me fui porque empezó a llover muy fuerte, quizá si me hubiera ido el agua me hubiera arrastrado. La gente no entiende, no le interesa que las coladeras se llenen de basura, pero cuando se les inunda todo lloran y culpan a las demás personas de lo que hacen. No sé que piensan, siguen haciendo lo mismo y en unos años va a volver a pasar; la presa se va a volver a desbordar”. 

Desafortunadamente, Amelia tiene razón; muchos lugareños de San Andrés de la Cañada pretenden que las cosas cambien, haciendo siempre lo mismo. Es esa pérdida de memoria lo que me da mucha curiosidad, pero a la vez me entristece. ¿La gente de esta zona está condenada a repetir su historia? Aunque la evidencia muestre que sí, yo me rehúso a aceptarlo. Mientras tanto, el reflejo de ese conformismo me dejó atónito después de que, por recomendación de Amelia, caminé alrededor de un canal de aguas negras que se desbordó el día de la inundación: “Véalo y me dice qué tanto encuentra, se va a sorprender”, fueron sus palabras. Una foto del canal que tuve la oportunidad de tomar se muestra a continuación: 

Muchos plásticos y ropa, sí; ¡ROPA! ¿Por qué tirar ropa en un canal de aguas negras? Amelia estaba en lo cierto: “Pero lo que no termino de entender es cómo a pesar de lo que pasó, la gente no hace nada”.

 

Gracias por su lectura. 

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Correo electrónico: sociologia_uameros@hotmail.com

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Eros Ortega Ramos

Licenciado en Sociología por parte de la Universidad Autónoma Metropolitana.
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