La coulrofobia, el miedo a los payasos, recorre el mundo desde el foco anglosajón y va a más allá, con la cercanía de los fieles difuntos o el Halloween, según lo que acostumbre festejar.

Miedo a la máscara: oculta las emociones. Una inquietante fábrica de identidades impenetrables. Grimaldi, el primer clown moderno, era un pedófilo depresivo y masoquista que torturaba a sus hijos. Mató a uno. Tras él, Deburau, encarnando a Pierrot, se cargó a un crío de un bastonazo. Canio, el pagliaccio de Leoncavallo, asesina a su esposa y mira que era gracioso.

Freud indentifica al payaso con el ello, ese hondísimo principio que exige placer inmediato y a cualquier precio. Jung lo asocia al demonio. ¿Cuál es la diferencia? Un psicópata que ignora la culpa así que ríe y ríe y ríe sin reparar en las desgracias circundantes. Cerebro reptiliano.

Stupidus romanos, bufones medievales, Arlequines de la comedia del arte, hombres de placer barrocos, Augusto y el que recibe las bofetadas… Dionisos, incansable, derrota a Apolo y todas las pulsiones irracionales se adueñan de la escena. Humilla, azota, penetra. La anti moral nietzschiana tiene exigencias infinitas. Truco, trato y la mismísima y gélida alma arden en la hoguera del deseo. El miedo apunta a la verdad, el pánico desvela territorios poderosos y mil terrores pintan inútiles balizas al sexo y a la muerte. Sí, coulrofobia.

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