Moriría, en el intento de tratar de desmenuzar la promiscuidad de vaguedades e ideas ambiguas que contiene mucha de la “literatura” que se nos vende como autoayuda, especialmente aquella de los gurús carismáticos que escriben tonterías pseudoprofundas. Pero esta autoayuda se vende, y mucho. Sus promesas de soluciones rápidas, fáciles y cómodas a problemas complejos que, por lo general, requieren esfuerzo, arrasa las estanterías de librerías y distribuidoras online.

La autoayuda, como ocurre con la retórica política o el marketing, ofrece el caramelo de lo cercano, la promesa esperanzadora de cambios y mejoras a muy corto plazo. Pero, realmente lo que se nos vende como autoayuda ¿nos ayuda en algo? 

En un ensayo publicado en la revista Psychological Science, por la filósofa y psicóloga Joanne Wood, se concluye que frases como “tú puedes” “las riendas de tu vida las tienes tú”, y otras muchas por el estilo, propias del positivismo a quema ropa, suelen generar el efecto contrario al que se pretendía. Hacer creer a quien lo está pasando mal o se encuentra en un estado de vulnerabilidad emocional, afectiva, física o social, que todo está en su cabeza y cualquier cosa mejorará cambiando de actitud, tiene un efecto perturbador de consecuencias imprevisibles.

El principal problema de la autoayuda, de la que hablamos (dejamos al margen aquella literatura con validez empírica y científica, que aporta algunas soluciones eficientes ante trastornos leves de ansiedad, fobia o agorofia y que erróneamente viene siendo etiquetada como tal), reside en las expectativas que genera, y especialmente en la frustración de las mismas. Esto ocurre porque los libros de autoayuda y los seminarios de crecimiento personal, esconden una trampa: la de la profecía auto cumplida. 

En las expectativas que despierta la autoayuda, compramos un libro, asistimos a charlas, encuentros y talleres porque creemos que tenemos un problema o estamos en un mal momento de nuestras vidas, hacemos lo que nos dicen y aseguran y, como nada cambia finalmente,  nos quedamos con mayor evidencia de que seguimos teniendo un problema y de que no hemos salido de ese mal momento.

Ese es el círculo de vida de la autoayuda. Comienza con un puñado de páginas o de consejos motivadores que parecen contener el secreto de la felicidad y la vida plena. Nos sentimos durante algún tiempo como en un estado de positivismo febril que nunca fuese a acabar, y de repente, nos encontramos como si nada hubiese pasado, o peor, que lo que ha pasado solo nos ha hecho sentirnos más frustrados. Lo que nos vendían como sencillo resultó ser un lastre demasiado pesado para nuestra autosuficiencia.

La felicidad es uno de los conceptos más abstractos utilizados en la autoayuda. Es el asunto más tratado en los libros de autoayuda. Cada año se publican cientos de libros y se imparten decenas de conferencias sobre este tema, cada uno de ellos con sus recetas, fórmulas y atajos para alcanzar la felicidad plena. De los que he leído, que no son pocos, siempre me he quedado con la misma impresión: la autoayuda estimula una de las conductas menos empáticas que promueve la sociedad neoliberal: la del individualismo autoimpuesto, comparativo y competitivo. 

Usted puede arreglar todos sus problemas (hay diez libros para cada problema que se te ocurra) sin necesidad de ayuda o relaciones humanas.  Pero la realidad es que no podemos controlarlo todo y como seres sociales necesitamos a los demás. Por eso, con la autoayuda, siempre me quedo con la misma duda ¿por qué me parece que tan solo da beneficios reales a sus creadores?

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