Nicolás Durán de la Sierra

Hospital General de Cancún: crimen de lesa humanidad

“Pobre del pobre que al cielo no va…”

Bien podría abrir esta sesuda columna con un consejo a las brillantes autoridades mexicanas respecto de la llegada a la Casa Blanca de don Donald Trump: teman más a su miedo que a lo que pueda hacer el nuevo presidente de los Estados Unidos, quien, cual dijera el jeque saudita  Khalid al-Falih “necesita tiempo para digerir lo ocurrido; luego, con calma, conversaremos con él sobre la paz y el petróleo árabe”.

Mucha razón tiene el jeque, quien además de ministro de Energía de su país es presidente de la petrolera Aramco, pues la serenidad es virtud que debe ser cultivada por los políticos. Él la cultiva a diario, dicho sea de paso, pues aparte de estar casado con doña Najah Al-Garawi, tiene otras dos esposas y un nutrido enjambre de hijos e hijas con los que convive sin cimitarra de por medio. Loado sea Alá.

Así pues, don Enrique Peña y su dream team tienen que cultivar la mesura para que, si aún queda algo por negociar  –no entregar, se enfatiza: negociar- lo hagan con prudencia y apostura y no de la manera en que lo han hecho hasta ahora: con sonrojos y vahídos de novia virgen ante la desnudez del marido. Hay unas novias que sufren graves vértigos y hasta vahídos, según la imagen a que se encaran.

Algo parecido le ocurrió a Marilyn Calipigia cuando, en el sentido bíblico, conoció desnudo a El Minotauro, y eso que no era virgen. En realidad el Héroe del Mediterráneo siempre va en cueros, pero se dio el giro a la frase para subir el efecto. Si bien es verdad que a la cubana le dio un ataque de hipo en su primera noche erótica con el Héroe, ello fue por beber ron con coca cola a modo de libación propiciatoria.

Cabe señalarse que las libaciones propiciatorias duraron casi dos semanas, pese a que el Ícono del Egeo ya no estaba en el dédalo, pero hay que entender que a la cubana le gano la nostalgia y por ello dio alegre cuenta de las pocas cajas de ‘Havana Club 7 Años’ que habían quedado de la visita que hiciera al Laberinto Gabriel García Márquez tras ganar, en Estocolmo, quién sabe qué premio. Pero no divaguemos…

Bueno divaguemos un poco más, que el gran colombiano lo merece. Lo que se dirá aquí no viene en la biografía que del escritor hiciera Gerald Martin, el estudioso inglés, por lo que deben prestar atención los adeptos del autor de Cien años de soledad: Remedios, la bella’, insólito personaje de la novela, no sólo no fue al cielo sin haber gozado varón, sino que por su lecho desfiló la mitad de Macondo.

Luego de “planchar las sábanas”, como ella llamaba a sus encuentros amorosos, muy hacendosa se daba a lavar la ropa de cama para después tenderla al sol. En cierta ocasión uno de los lienzos, llevado por el viento, se escapó de sus manos y… Allí nació la imagen literaria. Sin embargo, esa parte de la novela no está entre las favoritas de literato, pues en la dicha mitad rijosa de Macondo no estaba incluido él.

Hay autores que viven tan intensamente sus personajes que luego, muchas veces, tiene que sufrir veleidades de los mismos y más si se trata de heroínas, como es el caso. Debe decirse, empero, que Remedios conocía parte de la obra del escritor y había decidido, por su propia seguridad, no yacer con nativo alguno de Aracataca  “pues, la verdad, están tan zafados que dan miedo”. Ahora si va: pero no divaguemos…

También podría abrirse esta sin par columna solicitando a los jefes mexicanos que tomen la dicha sucesión de Obama con algo de humor romántico, digamos, al estilo de Lo que el viento se llevó, la novela de Margaret Mitchell llevada al cine en 1939 por David Selznick con doña Vivien Leigh y Clark Gable encabezando el reparto. Una espléndida película si uno no es de raza negra, claro.

Véase: el próximo  20 de enero, además de fiesta en Creta por la los siete mil 555 años de maravillosa vida del Señor del Mediterráneo, el sureño millonario Trump (es de Nueva York, pero se comporta como secesionista) desalojará de una casa pública de Washington a una familia negra, lo que se anuncia será celebrado por los caballeros del KKK. Espléndido episodio de humor involuntario si uno no es negro, claro.

En fin, que la columna bien pudiera aperturar (¡Olé!) con aires de mundial política, pero a llamado de El Escriba, que se ha aficionado a la convivencia con gente del quinto patio de tercer mundo (¡Olé!), se tocarán temas que, para decirlo con levedad, no se contemplan en el Traité de la vie élégante, obra de Honoré de Balzac; son temas que tienen que ver, pues, con el diario tráfico de los tacos de suadero.

Resulta que a principios de la semana pasada, el Hospital General de Cancún Jesús Kumate Rodríguez, por falta de insumos básicos como soluciones intravenosas y antibióticos, cerró las puertas de sus tres quirófanos por lo que todas las cirugías que se tenían programadas se realizarán después de la primera quincena de enero del 2018, si es que para aquel entonces ya tienen los medicamentos.

En casos de urgencia, eso sí, a los pacientes se les puede enviar a Chetumal (como si el hospital capitalino estuviera en buenas condiciones y cercano) o a Mérida, que con este clima es disfrutable. En caso de accidentes graves, si los familiares del afectado tienen para pagar los medicamentos, se podrán usar los quirófanos. Negocio el de las farmacias cercanas: mil 400 pesos por dos soluciones glucosadas.

En un reportaje al respecto de la reportera Teresa Pérez, uno de los médicos entrevistados afirmó: “En el hospital no tenemos, ni medicamentos, ni soluciones fisiológicas que nos ayuden con los pacientes; estamos atados a un sistema que no ve la necesidad del día a día como nosotros, y de no ser por las compras de las familias de los pacientes, no quiero ni pensar cómo estaríamos ahora…”

Si el lector se alarma ante lo expuesto, se le avisa que el horizonte, por criminal apatía del Sector Salud, se tornará todavía peor: según médicos del hospital “en el nuevo edificio (el nuevo hospital general) las cosas no van a cambiar pues no hay medicamentos y se ha puesto en la lista de traslado todo el instrumental quirúrgico y de cama del viejo edificio, y eso ya se ha notificado a las autoridades”.

“Todo el material de uso quirúrgico –añaden el médico- está viejo y oxidado, pero aún así va a ir al nuevo hospital, pues la falta de recursos hace que se reutilicen instrumentos de quirófano en varias cirugías, aparte de que se les lava con agua y jabón, sin esterilizarlos antes de las operaciones”. Tal es el hospital de la ciudad más poblada del Estado y la disque capital turística de México.

Vaya faena que espera a doña Alejandra Aguirre Crespo, la nueva titular de la Secretaría de Salud, quien de seguro no tiene diagnóstico alguno respecto de la situación en que están los hospitales públicos, ni de las carencias de su personal, ya que saberlo y no actuar se le podría inculpar de ineficiente o reafirmar que, como se le ha dicho, es lega en Salud Pública, especialidad que debiera ser indispensable para su cargo.

Garantizar la salud pública es de tareas torales de todo gobierno; es principio básico entre gobernantes y gobernados, como dice El contrato social de Rousseau. ¿Cuántas vidas se perdieron por la decadencia de los hospitales públicos? Es imposible saberlo, pero fueron muchas. El dinero distraído o robado de la partida sanitaria está manchado de sangre. Fue un solapado crimen de lesa humanidad.

El hospital general de Cancún, es un edificio maltrecho a golpes de abandono desde hace por lo menos quince años; es un edificio que se inunda con la lluvia y en cuyos corredores siempre sucios hacen fila heridos y enfermos; es un edificio, en fin, casi en ruinas, pero en tanto no haya otro, es la única oportunidad de salud, de vida, para los millares de pobres de esta ciudad que no tiene cobertura médica alguna.

Mutilar aún más sus funciones, cercenar su operación o permitir por pasividad burocrática su mutilación, es sin duda un silente crimen contra todos. El poeta inglés John Donne, en Meditaciones, escribió hacia 1630: “La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca preguntes por quién doblan las campanas, pues doblan por ti”.

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