La historia del sufrido Hospital General de Cancún, el inaugurado en abril del 2017, parece al fin andar por una senda si no por completo luminoso, sí lejana a la rapacidad de los sexenios de Félix González y Roberto Borge, en los que se esfumaron cientos de millones de pesos destinados a la salud pública; así pues, la saga del nosocomio más grande del Estado parece ser otra.

Cierto es que el “Hospital Jesús Kumate Rodríguez”, es amplio y moderno y su capacidad de camas supera por mucho a la del anterior hospital general, el ubicado en el primer cuadro de la ciudad, pero también es verdad que esa misma capacidad –cerca de 300 camas en sus diferentes estadios-, resulta insuficiente para enfrentar al exponencial crecimiento demográfico de Cancún.

En realidad, mejor debiera decirse que para atender la demanda de atención del norte de Quintana Roo, pues el hospital general de Playa del Carmen está saturado y su futuro próximo no se muestra risueño. En el caso del hospital de Cancún la falta de personal se hace notoria, sobre todo, los fines de semana. Para cubrir su aforo se necesitarían unas cuatrocientas plazas más.

Entre las flaquezas de los dos hospitales y también de los otros sanatorios estatales, está el poco abasto de sus farmacias. Se espera que pronto, con la compra de medicinas del gobierno federal, se supere la falta. Entre tanto, con doctores como Ignacio Bermúdez, su director; con Aurelio Espinoza y Jonathan Romero, el hospital General de Cancún cumple con decoro sus funciones.

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