Julián Puente

Hartazgo ciudadano para la política

La descalificación que el ciudadano hace de la clase política en general ha sido una constante, sobre todo porque se han sentido decepcionados de sus autoridades. Una parte sustancial de esa clase política es honrada, trabajadora y capaz. Desgraciadamente, un sector de proporción no desdeñable está instalado en la corrupción. Los ciudadanos están hartos de la impunidad y la corrupción, pero están más hartos de los políticos que no cumplen. Hoy el ciudadano quiere empleo, salud, educación, mejores programas sociales, los cuales son casi inexistentes. Hoy, la opinión ciudadana sobre los candidatos y la política se ha vuelto difícil de medir, las encuestas que hace algunos años predecían resultados y preferencias con bastante cercanía a la realidad, en ocasiones andan bastante lejos de lo que sucede.

Ahora la ocupación fundamental de los políticos de todos los colores parece ser la de ‘darse leña’ entre ellos, llegar hasta la descalificación personal y el insulto, un día y otro día, y tachar sistemáticamente de impresentables todas y cada una de las propuestas del adversario político. El ciudadano percibe a los políticos como un gremio cuyo único oficio consistiera en conquistar el poder y en mantenerlo, en un forcejeo duro, cansino y agotador para el ciudadano. Lo cierto es que estemos en una época de profundísimos cambios. Todas las instituciones están cambiando, la sociedad entera está cambiando y la política ni puede ni tiene por qué ser una excepción. Las formas actuales de hacer la política están obsoletas y los políticos están obligados a hacer un profundo ejercicio de autocrítica y empezar por cambiar radicalmente de actitud en relación con lo debiera ser la responsabilidad del poder.

Muchos quisiéramos poder borrar de un plumazo esta situación y volver a los tiempos más sencillos, donde todos les creíamos a los medios y a las declaraciones de los gobernantes; tiempos donde creíamos que sabíamos todo. Donde la verdad era la verdad y era posible conocerla. Hoy, en estos tiempos de la “post verdad” y las “Fake News” estamos en la mayor de las confusiones. No sabemos qué creer ni a quién creerle. Sospechamos, posiblemente con razón, que todos nos mienten de maneras diferentes, pero todos lo hacen. Y no sabemos qué parte de la verdad nos administran para endulzar y hacer que nos traguemos sus mentiras. Hace ya tiempo que los partidos políticos han dejado de representar a los ciudadanos; su distanciamiento y falta de credibilidad social es algo tan preocupante como urgente de resolver, y la actual sensación general de corrupción política propicia la desconfianza y la indignación, ampliando el divorcio entre los partidos y la sociedad.

Muchos ciudadanos se sienten incluso secuestrados en el ejercicio de sus derechos por unas organizaciones que monopolizan el poder, controlando tanto el poder legislativo como todos y cada uno de los niveles de gobierno, así como la composición de las más altas instituciones del Estado. Esta partidocracia limita sustantivamente el ejercicio real de la democracia, y los ciudadanos tienen poco margen en la práctica para decidir sobre la marcha de la sociedad. Se hace necesario, en definitiva, un mayor equilibrio de poder entre los partidos políticos y la sociedad. 

Aunque no dudamos en principio de la honradez individual de la mayoría de los políticos y cargos públicos, es evidente que algo falla en el funcionamiento de los partidos y su relación con los ciudadanos. Y esta situación ha de cambiar. Los partidos políticos no pueden ignorar está clara situación de rechazo de la sociedad  y los ciudadanos han de ser activos y contundentes exigiendo urgentemente a los partidos actuaciones claras e inequívocas por la transparencia y contra la corrupción. 

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