Francisco Toledo, artista plástico que fusionó el mundo humano con la naturaleza y defendió las causas sociales, falleció esta noche a los 79 años.

Francisco Benjamín López Toledo nació en Juchitán, Oaxaca, el 17 de julio de 1940 y tuvo seis hermanos. Desde su infancia se dedicó a retratar el mundo que lo rodeaba, en el que convivió muy de cerca con la naturaleza, lo que se refleja en obras como Barriendo sapos, que pintó en 1971­.

Toledo plasmó en sus obras con trazo al estilo de Tamayo una especie de ‘zoología fantástica’, en lo general acompañada de erotismo, siempre exponiendo sus raíces: usos y costumbres de la cultura mexicana.

A los 14 años se adentró en el mundo del arte, comenzó a estudiarlo en el taller de grabado de Arturo García Bustos, en Oaxaca; años más tarde, se mudó a la Ciudad de México (CDMX) para estudiar en la Escuela de Diseño y Artesanías de Bellas Artes.

Gracias a ello, en 1959, comenzó a exponer en la Galería Antonio Souza y en el Fort Worth Center, en Texas. En aquel momento, su viaje apenas comenzaba. En 1960 viajó a Europa y conoció al pintor Rufino Tamayo, también oaxaqueño.

“Mi vida ha pasado por muchas etapas. Al principio quería estar ligado a mi comunidad, ahí había mitos orales, tradiciones, cuentos; pensaba que podía ser el ilustrador de esos mitos. Con el tiempo me fui cargando de más información, visité ciudades y museos; Picasso, Klee, Miró, Dubuffet, viví en Europa, viajé a España, conocí a Tàpies, a Saura…

Mi arte es una mezcla de lo que he visto y de otras cosas que no sé de dónde vienen. Me han influido el arte primitivo, pero también los locos, los enfermos mentales y, sobre todo, Rufino Tamayo”, solía decir el pintor, de acuerdo con la Secretaría de Cultura .

El artista también fue conocido por su activismo, al haber sido promotor cultural, una faceta que responde al compromiso que tenía con su tierra natal, Juchitán, y su interés por el impulso al arte y los artistas locales, los indígenas, el medio ambiente y el maíz.

Se consolidó entonces como un acérrimo luchador social y filántropo comprometido con el patrimonio cultural, tanto de Oaxaca como del país en general.

Para muestra, en diciembre de 2014 organizó una volada de papalotes en San Agustín Etla, Oaxaca, con el rostro de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos en Ayotzinapa, Guerrero.

Desde su faceta como fotógrafo, en 2015 presentó la exposición ‘El maíz de nuestro sustento’, en la que participó con 42 fotografías referentes al maíz y al campo mexicano para recabar firmas en contra contra el maíz transgénico.

Toledo fundó el taller Arte Papel Oaxaca, Ediciones Toledo y el Instituto de Artes Gráficas. Impulsó la creación de centros como el de las Artes San Agustín, la Biblioteca para Invidentes Jorge Luis Borges, el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo y el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca.

«Los ojos más vivos que han visto Oaxaca. Los ojos más bellos que lo recrearon todo. La tierra va a perder gravedad. Hombre tierra con pies de maíz. Caminaba surcando, caminaba sembrando, caminaba exigiendo: caminaba floreciendo. Cada paso de Toledo germinaba», así lo definió este jueves Alejandra Frausto, titular de Cultura en su cuenta en Twitter.

Aunque no era fan de los reconocimientos en público, obtuvo galardones como el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Bellas Artes en 1989 y el Premio Right Livelihood.

Las obras de Toledo recorrieron el mundo, tuvo exposiciones en Oslo, Londres, Ginebra, Toulouse, Hannover y Nueva York, y aunque conoció varios lugares sus últimos días los pasó en su tierra.

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