Eros Ortega Ramos

Explosión en Tlahuelilpan; una desgracia para reflexionar

Cuando un combustible vale más que la vida misma

El viernes 18 de enero del año en curso, cuando apenas empezaba a caer la noche, una tragedia de proporciones gigantescas cimbró a la nación por su nivel de atrocidad; la explosión del ducto Tuxpan-Tula perteneciente a Petróleos Mexicanos (PEMEX) en la comunidad de Tlahuelilpan, Hidalgo. Resulta que una fuga del ducto comenzó a conglomerar a todo tipo de curiosos que ante los miles de litros que eran derramados sin control, no escatimaron en sacar provecho de la situación para llenar sus respectivos recipientes del peligroso líquido. Todo marchó sin contratiempos por horas hasta que, tal y como se muestra en escalofriantes videos que circulan por la web, las llamas aparecieron instantáneamente hiriendo de gravedad y calcinando a decenas de personas que se encontraban ahí.

El fuego les arrebató la vida a adultos, jóvenes y niños por igual, quienes nunca se imaginaron que la tragedia los alcanzaría como resultado de su inconsciencia. Y menciono esto porque he escuchado a diferentes personas opinar que la causa de su muerte fue la ignorancia, cuando considero que no; la causa de su muerte fue, tal y como lo mencioné anteriormente, la inconsciencia. ¿Por qué de verdad usted cree, estimado lector, que los fallecidos no sabían que estaban manipulando un producto altamente flamable? Yo lo dudo muchísimo. Inclusive también circulan videos en donde se muestran a personas mojándose tranquilamente con la gasolina y hasta fumando. Peor nivel de inconsciencia no se puede tener. Fuimos, somos y seremos resultado de nuestras acciones, con todo y las consecuencias que estas conllevan, lo penoso es que algunas resultan desafortunadas como la acontecida que despojó de la vida a inocentes que nada tenían que ver en la situación.

Dicho esto, para el día jueves 24 de enero, el número de víctimas desgraciadamente había aumentado, ya que de acuerdo a información emitida por el propio Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), se tenían contabilizados cien muertos desde esa trágica noche en el estado de Hidalgo. Por otra parte, la Unidad Médica de Alta Especialidad en el Hospital Magdalena de las Salinas siguió prestando su servicio a nueve personas, en tanto el Hospital General de la Zona No. 6 (HGZ) de Tepeji del Río, ubicado en Hidalgo, atendía a una persona y el Seguro Social a once más. Todas ellas gravemente heridas por quemaduras de segundo y tercer grado debido a la explosión. Ocho días después, la cifra de fallecidos ascendía a 122.  

Así, este histórico acontecimiento viene a poner sobre la mesa varios aspectos que como nación, debemos de reflexionar de manera urgente. Más que buscar culpables, la desgracia que embarga a México como país tiene que servir para que de una vez por todas se eviten a toda costa catástrofes como ésta en el futuro, que más que concientizarnos como sociedad, pareciera que tienen como finalidad dividirnos aún más.

El primer aspecto que habría que analizar es la cultura de la rapiña que como país reproducimos. ¿Cuántas veces hemos visto noticias en los principales medios de comunicación en donde la gente saca provecho de accidentes viales para robar el producto que se esparce por la carretera? Desde bebidas alcohólicas, hasta reces que, como eran transportadas con vida, fueron salvajemente destazadas al momento por saqueadores que cargaban machetes afilados para su posterior sacrificio, al más puro estilo de la vida salvaje de la edad media. Hemos llegado al punto que semejantes actos de barbarie se normalizan alarmantemente entre diversos sectores de la sociedad; esa absurda idea, muy a la mexicana, de “agandallar” lo que en apariencia, carece de dueño. Y digo carece porque toda esa gente que se denigra ante la rapiña no únicamente está delinquiendo, sino que al mismo tiempo está evidenciando su ausencia de moral y su pobreza intelectual, al ser partícipe de un acto en donde se arrebata a la mala aquello que no les pertenece.

El segundo aspecto es la costumbre de delegar las culpas. Somos una sociedad que no está dispuesta a aceptar responsabilidades, por eso cuando el delincuente comete una fechoría se le defiende a capa y espada, incluso por parte de instituciones oficiales. En este caso, las justificaciones son el referente más común cuando se sabe perfectamente que se ha actuado mal, rompiendo reglamentaciones que ameritan la sanción punitiva. Se nos ha hecho costumbre recurrir a la búsqueda de culpables; personas que debido a su vulnerabilidad, son utilizadas como “chivos expiatorios” para responsabilizarlas de actos que en la mayoría de las ocasiones no cometieron.

Por eso tiempo después de que ocurrió la desgracia en Tlahuelilpan muchos de los familiares de las víctimas no tardaron en señalar a posibles culpables de su o sus pérdidas. Desde los mismos militares que durante el robo estuvieron presentes alertando a la gente del peligro que implicaba robar gasolina de un ducto de esas dimensiones, hasta al propio Presidente de la República por ser el responsable de un grave “desabasto” de combustible que orilló a las víctimas a actuar de esa forma. En otras palabras; los fallecidos en el lugar, según la interpretación de sus familiares, actuaron de esa manera porque se vieron obligados debido a su necesidad. Esto quiere decir que, tal y como decía Nicolás Maquiavelo: “El fin justifica los medios”. El problema es que cuando se sacrifica la vida misma, no hay fin alguno que valga.  

Y el tercer aspecto es la ignorancia que se propaga con la manipulación mediática. Desafortunadamente somos una sociedad en su mayoría desinformada, la cual muchas veces actúa de manera irracional por influencia de agentes externos. El conflicto se manifiesta cuando dichos agentes desinforman con el objetivo de propagar la ignorancia con información manipulada y falsa. No en balde hace unas semanas las compras de pánico de gasolina se dispararon cuando los reenvíos de mensajes falsos por WhatsApp que aseguraban se aproximaba un desabasto se divulgaron en un dos por tres. Por estos y otros motivos seguimos siendo blanco fácil de estrategias mediáticas desinformadoras como sociedad acrítica, que lejos de analizar si la información que se nos brinda realmente es cierta, anteponemos nuestras creencias por encima de la verdad.

La desgracia de Tlahuelilpan vino a reafirmar de la manera más cruel que es la misma sociedad la principal culpable de su propio infortunio. Porque independientemente que se esté de acuerdo con el combate al huachicoleo o no, los hechos demuestran que la rapiña, la inconsciencia y la delegación de responsabilidades todavía son referentes clave de nuestra idiosincrasia como sociedad mexicana. Por eso no pretendamos que las cosas cambien si seguimos haciendo lo mismo, porque si en verdad queremos vivir en un país mejor, tenemos que aceptar que hasta que no cambiemos estos puntos negativos de nuestra cultura, no podremos aspirar a alcanzar la tan anhelada cuarta transformación.

Gracias por su lectura.  

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Correo electrónico: sociologia_uameros@hotmail.com

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Eros Ortega Ramos

Licenciado en Sociología por parte de la Universidad Autónoma Metropolitana.
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