El oficial y desmedido culto al ego

Por: Nicolás Durán de la Sierra

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El pasado domingo el gobierno estatal dispuso que se quitaran los nombres de los ex gobernadores del obelisco que corona la explanada de la Bandera de Chetumal, entre el Caribe y la sede oficial; el lunes los capitalinos pudieron ver como el monolito erigido en 1943 volvía a su estado original, al que tenía antes de sufrir los desvaríos de Roberto Borge Angulo, quien se quiso ver reflejado en un monumento histórico.

Si bien pareciera insistente y testarudo, ajusta repetir que los gobernadores, por más útiles que sean a sus Estados, por más honestos que pudieran ser, son sólo  servidores públicos. Aunque sí el más ampuloso y por mucho, Roberto Borge no fue el único en caer ante el halago servil y las trampas del ego ¿Cuántas colonias, sindicatos y avenidas de del Estado llevan el nombre de algún ex gobernador? Casi todos están en la lista.

La medida de retirar el nombre de los ex gobernadores del obelisco fue atinada y más aún porque se hizo con discreción, sin el ruido que por lo habitual acompaña a este tipo de actos. Aceptable resultó hasta la razón oficial argüida de que se busca integrar a la plaza a la lista del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Se hizo lo correcto, claro, aunque llamar afrenta a los delirios del preso en Panamá, resulta excesivo.

Empero, en países como México en donde la lisonja al poderoso es casi natural al ejercicio del poder, es fácil  que la adulación solapada o abierta ponga en riesgo la estabilidad del propio mandatario. Poner su imagen o nombre en todo documento público, en toda oficina de la geografía oficial, es exacerbar el culto a su ego. En países con sociedades más avanzadas, tal práctica resulta mera curiosidad. Es “mexican curious”, dicen.

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