Luego de hondo análisis, El Escriba llegó a dos conclusiones: una, que para “cajón de sastre” la columna está sobradada, pues ya son tres entregas con el mismo ardid o con la misma muletilla, al gusto. Por ello es que el dicho cajón termina en esta edición. Una lectora dijo que más bien parecía botadero de telas de las cadenas La Parisina o San Francisco de Asís  y eso es punto menos que intolerable.
      La segunda: el modo más inteligente y fácil de hablar de fantasmas es haciéndolo sin ambages o rodeos, de una sola vez y que los incrédulos hagan su fiesta aparte. Así pues, va: en el Exconvento de Santa Teresa la Antigua, hoy Museo Ex Teresa Arte Actual, por las noches se escucha y hasta se ha llegado a ver un fantasma o, mejor dicho, una fantasma, ya que se dice que se trata del alma en pena de una monja.
      (Por cierto, antes de que se le olvide al amanuense, el que no tiene pena, ni vergüenza es don Francisco Córdova Lira, quien lidera el embate empresarial que intenta revivir el tema del Malecón Tajamar. Si bien se trata de patadas de ahogado van algunas precisiones: no se perderán los cinco mil millones de pesos previstos para el área, sino que el dinero irá a otros sitios del Estado, con lo que no hay tal perdida.
      Dice que la comuna local “perdió mucho dinero” fiscal al no abrirse comercios y viviendas en el área, lo que es evidente desatino. En todo caso y si es que los empresarios decidieran pagar los impuestos, el ayuntamiento podría dejar de percibir tales tributos, pero no puede perder lo que no se ha tenido. Es cuestión de lógica primaria, ramplona, aunque Córdova Lira no la quiera ver.
      El líder empresarial abunda en que el Fondo Nacional de Fomento al Turismo, el Fonatur, tendrá que devolver más de dos mil millones de pesos a los inversionistas que entraron al business y que el instituto podría ir a la quiebra. Empero, los fondos federales no pueden quebrar ya que son eso, fondos federales. Si no se lo robaron en el camino, el dinero debe estar en las arcas públicas.
      Además, recuérdese que el Fonatur fue el organismo que, todo mugriento, vendió los terrenos a precios muy por debajo de los del mercado a los empresarios amigos del régimen o a políticos panistas merecedores de “bono sexenal”, por decirles de algún modo, por lo que está implicado en la transa. Vamos hasta le regalaron su lote al obispo Pedro Pablo Elizondo, el capo de los Legionarios de Cristo.
      Cabe destacarse que el hábito de regalar bienes federales, estatales o municipales al clero no es sólo panista, ya que también los gallones priistas y perredista lo hacen. Unos por buscar alianzas políticas con los ensotanados, y otros más por el católico temor a rendir celestiales cuentas siendo ellos firmes infractores del séptimo mandamiento, ese que dice que disque no se debe robar.
      Sería interesante experiencia antropológica poner juntos, por tiempo dilatado, a estos dos ‘interfeitos’ (Cantinflas dixit) para ver cuál de ellos se alza primero con la canasta, mas hay que tener cuidado porque tenemos, en el pasado inmediato, el antecedente de cuando se juntaron el Pedro Pablo y el Aleluyo Gregorio Sánchez Martínez y por poco los dos se alzan con el ‘Ombligo Verde’ de Cancún… No, mejor, separados.
      Ya invocado el Aleluyo, resulta que éste prepara su vuelta al escenario político estatal en calidad de esquirol, ahora bajo la franquicia del Partido Encuentro Social, para contrarrestar en lo posible el avance de Andrés Manuel López Obrador en el norte del Estado y en especifico en Cancún. Como no se tiene gallo que oponer al voto en cascada, agarran cualquier trapo viejo para tratar de parar la inundación.
      Tema interesante, sin duda, pero hay que regresar con don Córdova Lira quien mejor haría en buscarse nuevos trafiques -Quintana Roo es generoso- porque estebusiness no sólo murió, sino que apesta y no lo va a poder revivir con falsos llantos de cocodrilo y menos aún con campañas llenas de mentiras tan endebles, tan obvias, tan burdas… Bueno, al Panchito no se le puede pedir mucho)
      De regreso al asunto inicial, resulta que el fantasma que deambula por los viejos corredores del convento del Siglo XIV es el de una monja (Alto sorjuanistas: la de Nepantla murió en el convento de las Jerónimas, así que ni se apunten) que vivió en mortal pecado con un clérigo de la cercana Catedral Metropolitana, a la que se llegaba por un túnel subterráneo que pronto se abrirá al público.
      Se ignora si ella iba a la catedral o él al convento, pero es posible que fuera la segunda opción porque, de entrada, la galanura obliga, aun entre los de sotana, y luego porque en el primero de los edificios había muchísimo varón jarioso y una monja sería todo un manjar de dioses –¡Josú, clama el gitano calé, la frase es casi una blasfemia-, aun si la belleza de la religiosa fuera harto discutible.
      En realidad, la que hizo época como bella monja fue doña Julie Andrews, en la cinta ‘La Novicia Rebelde’, filmada allá por 1966 por Robert Wise, y la que obtuviera cinco premios Oscar ese año. Otra gran actriz que anduvo entre muros de cachondos conventos fue doña Silvia Pinal, cuando rodó con el cineasta Luis Buñuel las películas ‘Viridiana’, ‘Simón del Desierto’ y ‘El Ángel Exterminador’, una cinta clásica.
      Pero no divaguemos: el caso es que en el ex convento hay un alma en pena y esto es cosa seria y grave, ya que a nadie parece interesarle el que deje de penar y, por lo menos en lo que toca a los restauradores del INBA, se trata de una suerte de mascota de ultratumba a la que, mejor, se debe dejar en paz, por si las dudas. Vale indicar que se ignora si aparece en alguna noche en especial o sólo cuando le viene en gana.
      El tema merece mayor afán literario, ya que se dice que el alma errante se ampara a la sombra de una derruida estatua de una virgen ubicada en una amplia galería del recinto, casi al pie de una columna salomónica, de aquellas que tienen la cúspide retocada con hoja de oro. Hay una foto de ella. No del alma en pena, claro que no, ni tampoco de la columna, sino de la escultura en cuestión.
      Se advierte al lector que la fotografía que se muestra no es muy clara y ello es debido a que, por un lado, la imagen toca lo esotérico, lo oculto, y por ende debe guardar un halo misterioso y, por otro, la cámara no era muy buena calidad. Se sugiere a quienes gustan de temas del “más allá” que opten por la primera de las opciones, porque la segunda es por demás mundana.
      Desde luego que se ignora quién o quienes destruyeron el rostro del niño y uno de los el brazo de la dama, pero el daño se atribuye a la tropa gringa que tomara la Ciudad de México en la invasión de 1847, tras de que el traidor de Santa Anna se dedicara a perder toda batalla posible, hasta las que se tenían por ganadas como la de Lomas de Padierna, con la que se abrió la puerta de la capital del país.
      Perdone el lector la irritación, pero esta crucial batalla se habría ganado si los lanceros de la guardia del imbécil antes dicho hubieran atacado a la escuadra gringa. Nada, lo único que se le ocurrió al idiota fue disponer la retirada de lo que quedaba de la tropa mexicana a la obvia ratonera que era el Convento de Churubusco. Allí el general Pedro María Anaya hizo dos cosas muy importantes:
      La primera fue defender hasta donde se pudo el bastión –se luchó cuerpo a cuerpo, a cuchillo limpio- y contestar, con ingenio digno de figurar en nuestros libros de historia, la pregunta planteada por David Twiggs, el general invasor: ¿Dónde están la pólvora y las municiones? A lo que el de acá repuso con toda gallardía: “Si tuviésemos parque y pólvora no estarían ustedes aquí”.
      Vamos a la escultura. No se trata de una monja pues no  viste el hábito de la Orden de las Carmelitas Descalzas, en tanto que la existencia del infante que lleva en brazos sugiere la idea de una virgen, pero entonces faltan los ornamentos de su advocación… Para acabar pronto, la dicha escultura es un lío y, vaya ironía, la única certeza que se tiene es que en ella se resguarda un ánima en pena. (Continuará)
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