Cine

Aquaman: lo mejor y lo peor de la aventura de DC

El largometraje protagonizado por Jason Momoa busca cerrar con broche de oro un gran año para el cine de superhéroes

El universo cinematográfico de DC continúa su expansión. Por eso, luego del film solista de la Mujer maravilla, llega el turno de Aquaman, otro personaje que tuvo su debut oficial en la Liga de la justicia. Aunque no puede evitar dar varios tropezones, el largometraje protagonizado por Jason Momoa busca cerrar con broche de oro un gran año para el cine de superhéroes, que tuvo a Pantera Negra como un gran exponente.

El mundo submarino

Llama la atención que esta es la segunda película de superhéroes estrenada en 2018 que medianamente cuenta la misma trama: la de un heredero bastardo que aspira a ser el rey de un mundo oculto para el resto de la humanidad. Pero la diferencia de Aquaman  con respecto a Pantera Negra, es que aquí se invierten los roles: mientras el exiliado era el villano en el film de Marvel, aquí el outsider es el héroe que debe ocupar un trono que no le interesa.

Esa, justamente, es la historia de Arthur Curry (Momoa), el hijo de una reina de Atlantis y un humano. Refugiado en tierra y decidido a darle la espalda a su obligación real, Arthur se cría entre los humanos hasta que llega Mera ( Amber Heard ), la hija de un poderoso monarca submarino. Ella quiere impedir la guerra que el Rey Orm (Patrick Wilson), medio hermano de Arthur, intenta lanzar a la superficie, y por ese motivo empuja al protagonista a reclamar el lugar que le pertenece. De esa forma los hermanos se enfrentan en una batalla que recorrerá no solo los siete mares, sino distintos puntos de la geografía terrestre desde el desierto de Sahara hasta Italia.

El disparador es la búsqueda de un antiguo objeto, un tridente que le correspondió al primer rey de Atlantis, y que le permitirá a su portador ser el nuevo monarca de los mares. Con esa excusa, Arthur y Mera inician un viaje que es uno de los puntos más fuertes de la trama.

Si bien la dinámica entre ambos es ágil y funciona muy bien, hay que destacar el trabajo de Heard sobre el de Momoa. Como se sabe, las películas de aventuras ya no son terreno exclusivo de los hombres, y Mera es una heroína perfecta para los tiempos que corren. Diplomática, guerrera y capaz de manipular el agua para sanar o luchar, ella no solo es una mujer de peso propio, sino que hasta se convierte en la compañera ideal para suplir los límites de Momoa. El actor Hawaiano dio muy buenos resultados en Game of Thrones en la piel de un guerrero hosco en la línea de Conan (al que también interpretó), pero Aquaman no es Drogo. El héroe de DC está atravesado por una historia de abandono, muerte, y de conspiraciones familiares que demandan emociones que a Momoa le resultan algo inaccesibles. La metralleta de frases cancheras, el abuso del slow motion y la sensación de estar ante de un actor que busca el tono de Chris Hemsworth en Thor: Ragnarok, hacen que su Aquaman no logre ningún tipo de verosimilitud. Claro que allí también tiene mucha responsabilidad el director James Wan, que no termina de construir con cuidado el mundo que envuelve a su protagonista.

Y entre tantas secuencias de guerra y combates, surge un momento de gran belleza: fascinada por una fuente de agua, Mera descubre algunas costumbres del mundo de la superficie, mientras el protagonista la mira con total diversión. Es un momento sencillo pero perfecto, que abandona temporalmente la sucesión de peleas para adentrarse en la dinámica de la pareja. Y ese instante demuestra que, de haber puesto el foco más en la construcción de los personajes y su vínculo, el film hubiera dado mejores resultados.

Secundarios imprescindibles

Aquaman tiene muchas líneas de diálogo que resulta un desafío para cualquier actor. A lo largo de las casi dos horas y media de duración, hay mil momentos que pasean a centímetros del ridículo, con exclamaciones forzadas y criaturas digitales que no transmiten emoción (a excepción del Rey Ricou). Pero sin embargo, la estructura se sostiene en parte por el trabajo del villano y de dos secundarios de lujo.

Patrick Wilson es seguramente el intérprete que más buceó en su caracterización. Él trabajó con Wan en ambas partes de El conjuro, y allí demostró un registro clásico muy poco habitual en la actualidad. Y en Aquaman, compone a un rival que a pesar de ser una caricatura shakesperiana, no deja de tener un gran encanto. Patrick es capaz incluso de darle a su villano un rasgo de tragedia conmovedor, que logra en la escena final un importante cambio de registro. Junto a Loki, Thanos y obviamente el Guasón de Heath Ledger (que sigue siendo el faro a seguir), el Orm de Patrick Wilson es otro de los grandes malvados que dio el género.

En un segundo plano se encuentran Vulko ( Willem Dafoe ), mano derecha de Orm y tutor de Curry en las prácticas atlantes, y Atlanna (Nicole Kidman ), la madre del héroe. En el poco tiempo que ellos están en pantalla, transmiten emoción en un mundo de peces digitales y soldados en armaduras inexpresivas. Los dos componen personajes de gran nobleza que elevan el piso del largometraje y demuestran que las batallas no sirven de nada si en el corazón del relato no hay una historia que atrape.

Una carta de amor a los fans

Contra todos los pronósticos, el mundo acuático de Aquaman es uno de sus grandes tesoros. Desde reinos de colores neón hasta terrenos oscuros con peligrosas criaturas, la película consiguió transmitir belleza en paisajes que parecían exclusivos de las viñetas.

Es evidente que Wan buscó mantener una lealtad estética al mundo comiquero del personaje, y tomó conceptos y escenarios muy simbólicos de su bibliografía. Pasando por las imprescindibles Crónicas de Atlantis, de Peter David y Esteban Maroto, hasta la irregular etapa de Geoff Johns (escritor que, dicho de paso, trabajó en el guión y recicló muchas de sus ideas), el film se acerca a la identidad clásica del héroe, sin despojarlo de una impronta moderna. Y el traje naranja es una de las sorpresas no solo por incluirlo en la historia, sino también porque lo resignifica y le da un valor simbólico clave para el protagonista.

El amor por el registro tradicional del personaje llegó al punto de mostrarlo cabalgando un hipocampo, citando al clásico dibujo animado en el que se movía en ese transporte imposible. Y por su preocupación en incorporar elementos casi oxidados ( ¡Aquaman habla con los peces!) es que la película es una carta de amor a los fans que conocen y aman a un héroe que, desde su debut en 1941, jamás había llegado al cine.

Una película que no se decide

Casi al comienzo del largometraje, la primera escena de acción muestra a Aquaman atacando a unos piratas que secuestraron un submarino. El personaje irrumpe y con extrema facilidad vence a los secuestradores, incluso al líder de la banda, Manta (Yahya Abdul-Mateen II). El villano es derrotado y en escena aparece su padre, otro delincuente que en la pelea queda atrapado cuando el agua empieza a inundar la recámara. Manta le pide a Aquaman que salve a su papá, y él responde: “Ustedes matan inocentes, ahora quedan a su propia suerte”. La cámara se detiene en la desesperación del hombre ante la inevitable muerte de su familiar. Y esa es una de las presentaciones más extrañas que un héroe tuvo en el cine. La situación pone al espectador en el lugar de Manta, y hace de Aquaman el malvado. Es una mirada desacertada, y no solo por lo éticamente reprobable que es mostrar a un justiciero matando a su rival (costumbre heredada de Zack Snyder, director de Batman vs. Superman), sino porque confunde el casillero desde el cual debería aparecer el superhéroe. Y ahí radica uno de los principales problemas de la película: que no se decide qué historia contar.

La música es un claro indicio de la poca armonía del film. A lo largo del relato, la acción transita por secuencias de hip hop, música que pretende ser épica, clips dignos de la MTV más noventosa, e incluso un malogrado cover de “Africa”, de Toto. Y ese eclecticismo musical refleja la confusión en la que está sumergida la trama. Aquí se mezclan caprichosamente conceptos dignos de la filosofía new age, con una burda bajada de línea del tipo “cuidemos el planeta”, junto a mitos Artúricos y relatos shakesperianos. Solo por nombrar dos films que tomaron caminos similares al que podría haber seguido Aquaman: en la Mujer maravilla el objetivo es mostrar la lucha de una amazona que no baja los brazos ante la crueldad del mundo de los hombres, mientras que en El hombre Hormiga y la Avispa el núcleo está puesto en una aventura de rescate. Pero aquí la historia cambia constantemente sus vías y no termina de elegir ninguna.

Ante esa confusión, el tramo que emerge con más seguridad es el de Mera y Arthur buscando el tridente mítico, un segmento que incluso muestra una ausencia de efectos digitales que remiten poderosamente al espíritu de Los Goonies o Indiana Jones. Y Wan es honesto sobre ese cariño por el cine de aventuras.

De ese modo Aquaman es un tropezón en el universo cinematográfico DC, y si bien no se estrella con la fuerza de Batman vs. Superman, la Liga de la justicia o Escuadrón suicida, tampoco logra el nivel de la Mujer maravilla. Es evidente que todavía falta encontrar un equilibrio entre la aventura tradicional que propone Marvel, y el tono adusto de las Batman de Christopher Nolan. Y esta versión de Aquaman, con Momoa agitando sus melenas como si fuera una publicidad de champú, confirma nuevamente que DC en el cine es un barco que navega sin rumbo.

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Fuente
La Nación
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