No sé de qué estarán hechas nuestras almas; pero, sean de lo que sea, la suya es igual a la mía» Emily Brontë

Decía Aristóteles dice que existían tres tipos de amistades, pero solo una aportaba verdadero valor a nuestra vida. El filósofo griego distinguía entre las amistades de utilidad, las de placer o las de bien. El primer tipo abarca a quienes son convenientes para nuestra vida. Personas que nos acompañan a hacer deporte o llevar a cabo un determinado proyecto.  Las amistades basadas en el placer nos ayudan a mantenernos alegre. Salimos con estas personas a tomar una copas y a charlar un rato, sin demasiado compromiso. 

Finalmente están las amistades de bien, que solo aparecen algunas veces en el transcurso de tu vida. Son las personas que están ahí cuando les necesitas, cuando la vida se pone difícil y encuentras a alguien que te apoya incondicionalmente. Son las amistades reales, con las que también puedes hacer deporte o salir de fiesta pero que están definidas especialmente por su íntima conexión con tus emociones. Por su empatía y apoyo.

La superficialidad de nuestra vida cotidiana nos hace separarnos en muchas ocasiones de estas amistades verdaderas. Vamos tan rápido que no parece que tengamos tiempo para cultivarlas. Pero, en ocasiones -generalmente las más duras-, tenemos una segunda oportunidad. Solo se trata de observar quien está cuando estamos pasando un mal momento. Mirar a nuestro alrededor para apreciar quien lo ha dejado todo para venir a nuestro lado. Sin pensarlo. Desde cualquier lugar. Es entonces cuando no debemos dejar ir a estas personas especiales. 

Uno de los indicadores básicos de satisfacción con la vida lo constituyen las relaciones personales. Y, estas, las amistades verdaderas, son el tope de gama de las mismas. Queda en nuestras manos el mimarlas. Empecemos -si no lo hemos hecho ya- desde este momento. ¿A qué estás esperando para llamar a esa persona que siempre ha estado para ti? ¡No dejes pasar el tiempo! No tienes tanto como te imaginas. 

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