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Alfonso Cuarón y la vida en ‘Roma’

Más que apelar a la nostalgia, Cuarón retrata un pasado no tan distante y difícil de anhelar: el México del echeverrismo, cuya violencia sigue latente.

¿Podremos dejar de hablar de Roma?

La respuesta a esta pregunta, lanzada en Twitter tras el estreno de la película de Alfonso Cuarón, ha sido un rotundo no. Más aún en estos días de cuenta regresiva al Oscar.

Pareciera que nunca dejaremos de hablar de Roma, y no sólo porque se trata de una obra cinematográfica conmovedora, sino porque es importante seguir reflexionando en torno a la realidad a la que nos enfrenta.

Roma ha dominado la conversación porque ha apelado a la nostalgia de quienes ven en ella un reflejo de sus experiencias de vida, pero la realidad que retrata difícilmente es la de un pasado que anhelar. Más que estar ambientada a inicios de la década de los 70, la película aborda las problemáticas de lo que significó la vida en ese contexto. Con una mirada crítica, Cuarón jala hilos narrativos de lo que fue el complejo tejido social de la época del echeverrismo y que, en realidad, no ha cambiado mucho.

El sexenio de Echeverría es recordado como una época de un nacionalismo exacerbado, a partir de la revitalización de los valores revolucionarios, y de estancamiento económico, por el rechazo a la inversión extranjera. También fue un momento de profundas contradicciones entre el discurso y los hechos. Mientras los funcionarios se vestían de guayabera, la difícil cotidianidad de las comunidades indígenas era casi ignorada. Estas comunidades cumplían un rol meramente retórico dentro del proyecto echeverrista, que reproducía lo peor del nacionalismo revolucionario, el cual sólo atendía al indígena como metáfora, reduciéndolo a una figura que habita un mural.

Las dinámicas entre Cleo y la familia para la cual trabaja resaltan esta distancia entre la revaloración de las culturas indígenas a nivel retórico, y el rechazo al que estos grupos se enfrentaban (y se siguen enfrentando) en el trato diario. Aún cuando es innegable la cercanía entre Cleo y los niños que cuida, de quienes se ha convertido en una especie de madre subrogada, hay momentos en que esa relación se rompe y una profunda brecha se marca entre ellos; esta es precisamente su condición de indígena.

Cuando Cleo es informada por Adela, en mixteco, de que ha recibido una llamada, la reacción inmediata del más pequeño de la familia es pedirles que no hablen así; si bien no podemos juzgar como discriminatoria la intención del niño, este acto aparentemente insignificante refleja que para él lo indígena sigue siendo ajeno, “lo otro”. Así, ellas restringen su lengua madre a lo privado, hablándola sólo cuando están lejos de la familia.

Esta es tan sólo una de las desigualdades que Cuarón retrata en Roma, y cuyo hilo conductor es la marcada división entre las clases altas y las clases trabajadoras, una línea que es continuamente trazada en la narrativa y que pareciera nunca desvanecerse del todo. Excepto por un momento: al enfrentarse Cleo a su patrona para decirle de su embarazo, se sorprende al no recibir la respuesta que temía, sino el apoyo total de su patrona, quien le asegura que se deben ayudar mutuamente porque están solas. Al pronunciar estas palabras, la diferencia de clases se rompe y ambas encuentran la equidad, irónicamente, en la única desigualdad que las une: ser mujeres. No es que los 70 fueran particularmente machistas en comparación con los años previos, o posteriores, pero Cuarón resalta aquí una realidad en la condición de las mujeres que comenzaba a subrayarse en la época, con el surgimiento de un activo movimiento feminista.

En Roma existen dos esferas de convivencia: una es la familia sumida en una crisis por la partida del padre y la desesperanza de una madre que ha quedado encargada de una casa y de varias vidas; la otra esfera es la de Cleo, que transcurre entre el trabajo y el ocio que se le permite los domingos. Fermín es un personaje que pertenece a la segunda esfera, a ese mundo de las calles sin pavimento ni servicios, que sigue siendo hoy una realidad. En esta ciudad alterna a la de las colonias modernas, como la Roma, es donde se da una ruptura clave para la película y para entender la vida de México en el siglo XX: en un campo de futbol llanero, rodeado de la miseria material, Fermín sentencia con las palabras “pinche gata” a Cleo, tratando de distanciarse con éstas de la propia condición de pobreza y olvido en la que él también habita.

Fermín es un ejemplo muy simbólico de la violencia que se ha ejercido hacia las juventudes en México desde entonces; no es una violencia física directa, sino que es una cargada de olvido, de la falta de oportunidades y de acceso al trabajo o a la educación y, en última instancia, de la explotación de esa condición. Esto último es lo que Cuarón reprede la participación de Fermín en esa trágica fecha. Luis Echeverría   aseguraría después, el 1 de septiembre de 1971, que lo sucedido sobre la Calzada México-Tacuba fue un enfrentamiento entre un grupo de choque armado y estudiantes en una manifestación, negando así el apoyo y explotación gubernamental del grupo de Los Halcones.

La referencia al Halconazo es uno de los momentos más crudos de la película y el que aborda de forma más directa la represión que marcaría a la figura de Luis Echeverría. Su presidencia es recordada también por la llamada Guerra Sucia, y su rol en los hechos del 2 de octubre de 1968 ha sido una sombra constante sobre su personaje.

Hay otro instante, casi desapercibido, en el que Cuarón hace un guiño al autoritarismo del echeverrismo: el ensayo de la banda de rock de Ramón, un acto que tras los hechos de aquel Jueves de Corpus y del Festival de Avándaro, sería profundamente subversivo, pues poco después, Echeverría prohibiría el rock en un intento por neutralizar a la juventud. Así, la cinta de Cuarón pone la mirada en un pasado no tan distante, que de alguna manera se sigue perpetrando, en mayor o menor medida, y que continúa latente en las pequeñas violencias que se ejercen en el día a día.

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El Financiero
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