No debería ser necesario recalcarlo, pero el 9 de marzo simbolizó la huella de la violencia de género —con el extremo de los feminicidios— en nuestra sociedad: las ausencias individuales de las mujeres en uno de los puntos mite del machismo mexicano.

Cientos de miles, a lo largo de todo el país, se manifestaron para exigir un alto a la violencia feminicida, una sociedad de igualdad y para dejar claro que este tiempo y el que viene será de las mujeres.

MENSAJE CONTUNDENTE

El mensaje es contundente y debe implicar una revisión de las políticas públicas y de las instituciones que se encuentran en  la obligación de garantizar la seguridad y de establecer las condiciones para que una vida sin violencia deje de ser una aspiración para convertirse en una realidad.

El feminicidio se convirtió, desde hace tiempo, en una realidad cotidiana de la que emanan las peores oscuridades y las mayores zozobras. Es triste admitirlo, pero México es un lugar muy peligroso para las mujeres, donde serlo implica riesgos e injusticias a flor de piel.

El miedo ya es como una segunda piel, porque sabemos de las vulnerabilidades y porque la experiencia indica que las autoridades van de fracaso en fracaso, como tratado de detener una ola incontenible.

SUCESO INÉDITO

El paro laboral en nuestro país no es un hecho inédito a escala global; Islandia y Estados Unidos han registrado, a su vez, sus propias suspensiones de trabajo. Los sectores donde se minimiza y critica al paro olvidan que el acceso a derechos elementales —el voto, la educación pública o la posibilidad de abortar— se concretó gracias al impulso de cientos de miles de mujeres que unieron su voz con un objetivo común.

Para la sociedad mexicana, la enseñanza del 9 de marzo tiene diversas lecturas: desde una represión enraizada en la historia de la humanidad hasta una cultura patriarcal que se infiltra, lacerante, en prácticamente todos los sectores.

Al margen del poder simbólico representado por el paro, hay un valor económico y sociológico vital que no todos comprenderán de inmediato.

Según la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, en 2019 el porcentaje de población económicamente activa por sexo divide al 60% en hombres y al 40% en mujeres. Hay un avance si se coteja con la Encuesta Intercensal 2015 del INEGI (68.48%, hombres y 33.46%, mujeres), pero la desigualdad persiste. Son 22 millones 32 mil 255 mujeres quienes impulsan el funcionamiento económico de la sociedad (sin enmarcar la producción no remunerada, trabajo que, por cliché y por muy debatible resiliencia machista, no le corresponde a un hombre: crianza, labores del hogar).  Por eso el poder del muy viral anuncio lanzado por La Villita hace unos días.

PERDIDAS MILLONARIAS

En concreto, un sólo día sin el 40% de la población activa y bajo la ausencia de madres y amas de casa, representaría una pérdida de 37 mil millones de pesos. Una encuesta de Mercer revela, pese a todas las expresiones públicas a favor del paro, que sólo un 25% de las empresas respaldará dicho acto. Se habla también de un promedio de 4 millones de mujeres que faltarían a su trabajo.

Varios estudios relacionan la infraestructura económica de un país con sus índices de violencia.

Mientras mayores oportunidades laborales, económicas y educativas existan, menores serán los índices de crimen, algo que engloba asimismo la violencia de género.

En otras palabras, la verdadera equidad y la apertura de puertas son ambas un camino hacia la erradicación de esta crisis que hiere a las mujeres mexicanas. Que nos lastima a todos como comunidad y que demanda, también, nuestra participación colectiva.

Más allá del peso capital citado, el empoderamiento de la mujer conlleva la mejora de toda la sociedad. De lograrse esto, nuestro país, en particular, cuyo ADN está marcado por el machismo, vivirá un ascenso radical y contrastante con las resistencias machistas contemporáneas.

Visibilizar es parte del proceso. El paro es parte de la visibilización.

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