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2018 el año de Alexa Moreno

En este 2018, la atleta mexicana nacida en Mexicali el 8 de agosto de 1994, logró subirse al podio mundial de la gimnasia.

Tiene todos los agravantes para el desprecio popular, porque en México los atletas deben cumplir perfiles físicos que el resto de los mexicanos no tiene: blancos, delgados, bien parecidos, cuerpos estéticos y, si se puede, con apellidos compuestos que dejen ver la alcurnia española, alemana, francesa o sajona. La opinión pública confunde, maliciosamente, el deporte de alto rendimiento con la farándula; la opinión con el chisme y la apariencia con el racismo más rancio.

Alexa Moreno es morena y de huesos anchos, dirían las abuelas. Durante los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, las redes sociales en México, su patria, la insultaron con carnicería zafia y voraz. El tribunal del Renacimiento, en el que todos son lo que aparentan, en el que sólo permanece lo efímero, fue especialmente barriobajero contra una muchacha que había ganado con su esfuerzo y el de sus padres su lugar en la gimnasia olímpica. Alexa, atleta de la resistencia, no se inmutó a pesar del resquemor de la jauría que la atizaba con descarado dolo.

Los atletas como Alexa -como María José Alcalá, como Cuauhtémoc Blanco, como Oribe Peralta- son grandes porque en la carrera de vallas que significa su trayectoria se imponen primero al entorno, luego a los rivales locales, luego a la prensa, luego a las instituciones deportivas, luego a la opinión pública y luego, ya muy luego, a sus competidores extranjeros en las grandes competencias mundiales.

Dueña de un vasto corazón y de un par de pulmones irrompibles, Alexa Moreno, casi mística, contempló la realidad y la modificó con una valentía inigualable. En este año que termina logró colocarse en el podio de los Mundiales de Gimnasia. Los españoles tienen una palabra exacta para la osadía de Alexa: redaños. Le echó redaños a su misión. Hay algo religioso en estos triunfos espectaculares: Alexa es una misionera de sí misma. Y llegó al lugar al que muchos de sus compatriotas –menores y de pobreza espiritual- ni siquiera se han imaginado: la satisfacción del anhelo cumplido.

Y, elegante, no devolvió el simple: pude pese a ustedes, ustedes que habitan en lo ordinario, en lo común, en lo cómodo. Desde el confort, los enanos del Twitter tiraron las flechas prosaicas contra Gulliver; Alexa no miró para abajo, el podio siempre está arriba, como el Olimpo. Un atleta es una fe que camina, que salta al cielo con perseverancia y disciplina. Su gran rival no es, como muchos piensan, la boca floja de los otros, ni sus ajos y cebollas; el gran contrincante es él mismo, ella misma: la apatía, el desgano y la holgazanería son fantasmas que lo asolan, la asolan. Y solo, y sola, en la soledad del cuerpo y el insufrible dolor se forja el triunfo, la medalla, la gloria.

Alexa es una atleta de mármol que merece, antes que otra cosa, una intachable admiración, pero la belleza nace en los ojos y hace mucho que este país tiene glaucoma para admirar lo bello. Lo común es la ceguera, la ceguera de la apariencia, del anonimato. Futura arquitecta, sabe que Dios habita en los pequeños detalles, el alma. ¡Bravo, Alexa!

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El Financiero
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