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Tigres, rey del norte y nuevo grande de México

Monterrey 2017. La metrópoli de la gloria. La metrópoli de la frustración. Y es la urbe con esas facciones mixtas de la comedia y el drama. Medio corazón de euforia y medio corazón de luto. Cada paso de baile del carnaval pisa un alma en pena del funeral. Vecinos más distantes que nunca.

Tras esta Guerra Civil, futbolísticamente, Monterrey, la ciudad, la macrópoli, ya no volverá a ser la misma. La supremacía ya tiene un rostro.

Tigres, campeón. Rayados, subcampeón, es decir, el primero de los 17 súbditos de este Clausura 2017.

Pero, lo más importante para Tigres es ser el omnipotente señor feudal de Monterrey, San Nicolás de los Garza y anexas.

Qué profundo debe ser el placer de Tigres y sus feligreses. Que profundo debe ser el desconsuelo de Rayados y sus dolientes.

Este domingo por la noche era más que un título, era más que un trofeo, era más que una medalla, era, es y será, el bastón absoluto de mando del territorio.

Se jugaron 115 Clásicos Regios para que, finalmente, tuvieran una cita en una Final. Era la Madre de todas las Guerras Civiles. La ganó Tigres, a su modo. La perdió Monterrey, a su modo.

Con el 1-1 de herencia en la Final de Ida, con la fastuosa, explosiva, generosa, multidecibélica, trinchera del estadio de Rayados, los Tigres se emanciparon de temores y de maleficios, de sentencias anticipadas y de velorios prometidos.

Cuando Pabón pavoneó la ventaja en el marcador, un 2-1 global que al minuto 2 de juego se erguía como epitafio de un mausoleo magnífico para Tigres, Rayados tendió la trampa en la que sucumbiría.

Pareció, por momentos, que la desventaja, los malos augurios, el escenario mismo, asfixiaban a Tigres. Sufrió para enderezarse, para creer que debía creer, mientras Monterrey se paseaba cómodamente en su cancha, como vistiendo de galas y oropeles el recinto de su coronación.

Pero, llega primero un zapatazo de Edu Vargas en el que tal vez a Hugo González se le debilitaron las muñecas. El 1-1 (2-2 global), dejaba el suspenso, y en la tribuna indecisa, festiva a veces, sofocada otras, las dudas y los demonios de la era Mohamed, se convertían en incómodos recuerdos.

A los 34 minutos, cuatro después de que Vargas resucitara a los felinos, remata cómodamente entre los distraídos rascacielos albiazules. El cabezazo es seco, brutal: 1-2 (2-3 global).

Las voces en la tribuna eran apenas estertores, lamentos, convulsiones sonoras de una fe menguada aún con los 56 minutos, más los seis de compensación que vendrían.

Monterrey hizo lo suyo. Tigres lo hizo mejor. Pareció equivocarse Ricardo Ferretti en la entrada de Acosta, pero tras perder balones en media cancha, rescata uno, dramático, cuando ya Funes Mori, en el área, martillaba la escopeta contra Nahuel Guzmán.

Tigres montó su guarnición, levantó un muro. Y resistió. Porque Rayados sacó su mejor repertorio. Jugadas a velocidad, paredes, desbordes por los extremos, centros envenenados, jugadas de doble cabeceo. Y al fondo, estaba Nahuel.

Y La Pandilla tendría la mejor oportunidad de salvar el pellejo. Ahí, en ese manchón voluble, donde se levantan monumentos o se cavan tumbas. Desde el punto penal.

Irónico, el futbol, unge de gloria en el torneo, pero después embarra de estiércol al elegido: Avilés Hurtado, goleador, futbolista completo, ídolo de Rayados, se muerde los labios, los ojos bailotean, ante la danza de Nahuel desde la raya. El balón no golpeó la red, sino que colando metros encima del arco, impactaría el centro neurálgico de la desgracia y la rendición.

Desde los once pasos, el fracaso es más tétrico, más patético, menos consolable. El hubiera sólo entrega medallas en el Limbo.

Las bancas elucubraban. Mohamed montaba una bayoneta y Ferretti enviaba un escudo más. El Muro de Jericó del Tuca no caería y las trompetas rayadas guardarían silencio hasta el autohomenaje luctuoso con la cadenciosa marcha fúnebre de Chopin.

¿Fracasa Mohamed? Sí, sin duda, porque pierde de nuevo una Final. Pero, no puede soslayarse la magnífica temporada de 22 jornadas en el torneo… excepto en el más importante, el juego 23, la Final de Vuelta.

¿Debe seguir? ¿En qué se equivocó? ¿Podrá rescatar a Avilés Hurtado? ¿La afición perdonará dos veces quedarse vestida y alborotada, enviudando antes de la luna de miel?

¿Ferretti? Está inventariado ya entre los bienes de Tigres. Si decide irse en el 2020, ya sabe que será presidente honorario de Zuazua.

Porque este domingo, a Tigres no le importa si se corona amo y señor del futbol mexicano. Le importa, le viste, le engalana, le interesa, haber sellado la inmortalidad de ganar la Gran Final a su rival de vecindario.

Tigres gana la omnipotencia de Nuevo León… ¿a perpetuidad?

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