Nicolas Lizama

Personajes que no pasan de a oquis: Don Chebo

Es una delicia platicar con don Eusebio Azueta Villanueva. Su amor al terruño es evidente. Chetumal, en particular, ocupa un sitio especial en sus sentimientos.

Por: Nicolás Lizama

En días pasados tuve la oportunidad de interactuar con un personaje muy nuestro, muy chetumaleño.

Muy tan de buena madera como dirían los enterados.

Don Chebo, como le gusta que lo llamen, es un empresario exitoso que descubrió que la única forma de salir avante en muchos aspectos de esta vida, es ponerle mucho sentimiento, cariño, pasión, pues, a todo lo que hace.

Es una delicia platicar con don Eusebio Azueta Villanueva. Su amor al terruño es evidente. Chetumal, en particular, ocupa un sitio especial en sus sentimientos.

Mi interlocutor es muchas cosas a la vez. Tras ocho décadas de vida, ha sabido sacarles provecho a todos los dones que la madre natura le otorgó. Hoy, con una vida a plenitud, con muchos objetivos ya cumplidos, dedica a una parte de su tiempo a la escritura. Tiene la virtud de que sus líneas son muy claras y precisas. Se le entiende de la pe a la pa todo lo que escribe. Y eso no cualquiera lo consigue.

Me consta que es un tipo solidario que no duda en marcar el número telefónico para preguntarle al prójimo que es lo que necesita, sin importarle el riesgo de que luego –la naturaleza humana al fin-, la ingratitud sea lo que fluya.

Me atrevo a asegurar que si la ciudad capital contará con varios don Chebos, no estuviera tan hundida en el hoyanco en que se encuentra.

Lamentablemente personajes como el que les comento, no nacen en maceta. Se dan muy de vez en cuando y en dosis muy escasas. De lo bueno, poco, dicen los que saben de esto y he tenido oportunidad de sobra para confirmarlo.

En su oficinita, un  “huevito” en donde todo está bien escorado, don Eusebio se mueve a sus anchas. Allí tiene todo lo que necesita un hombre de esas dimensiones para sentirse a sus anchas. Una fotografía sobre todo, de la bien amada Lulú, una dama que desde muy joven partió hacia el infinito, es lo que predomina.

A un costado, en la fábrica de hielo, el movimiento es constante. Las idas y venidas de empleados y clientes es intensa. La vida fluye febril entre tanta gente que trabaja desde distintas posiciones, desde la más modesta, la de cargar cartones para llenar vehículos, hasta los directivos, como don Chebo, uno de los patriarcas de una vasta familia que ha aportado su granito de arena para que la ciudad capital no esté más menesterosa de lo que ya de por sí se encuentra.

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