Psicología

Juicios a primera vista

Las apariencias engañan. A veces mucho. Las primeras impresiones incorrectas tienen consecuencias sociales significativas.

Nunca hay una segunda oportunidad para una primera impresión” Oscar Wilde.

Dar una buena impresión es algo que se asocia con la seguridad en uno mismo. Todos sabemos y hasta creemos en lo importante que es dar una buena impresión en nuestras relaciones con los demás, especialmente cuando somos bienvenidos a cualquier grupo social. Pese a esforzarnos en dar esa buena impresión, siempre habrá quien emita un juicio de valor a primera vista sobre nosotros; de igual manera que nosotros solemos hacer con alguien a quien nos acaban de presentar.

Todo cuanto hacemos o decimos genera apreciaciones de tipo moral, ético, político. Esto no solo es algo habitual, sino interesante y saludable, especialmente cuando nos genera conocimiento. En este sentido un juicio de valor tiene un sentido positivo, ya que obedece a la expresión de un sistema de valores. Sin embargo, los juicios de valor a primera vista tienen carencia peyorativa, intención despectiva. Los errores y meteduras de pata son, como ya habrán experimentado alguna vez, algo consustancial a la opinión precipitada producto de las primeras impresiones. Cierto que la persona intuitiva, o la instruida en psicología y morfología, puede no alejarse demasiado de la realidad de alguien a quien ve por primera vez. Pero no es lo habitual, desengáñense.

Las apariencias engañan. A veces mucho. Las primeras impresiones incorrectas tienen consecuencias sociales significativas. Los cánones de belleza, o los estereotipos de conducta nos han conducido muchas veces a decisiones desafortunadas, cuando no a complicarnos inmisericordemente la vida. Y es que una cara atractiva tiene capacidad para sobrepasar los umbrales y las reticencias a lo desconocido. Psicológicamente los rasgos de familiaridad, es decir, nuestra tendencia conductual a juzgar basándonos en la similitud física y el repertorio gestual comparado con lo que conocemos, determinan los juicios que hacemos. Rechazamos lo distinto, nos proliferamos en lo igual, en la tiranía de lo igual, en realidad.

La primera impresión está al pairo de una imagen mental. Así, si la persona que acabamos de conocer viene dotada de simetría y proporcionalidad suficiente, ya no solo cumple con el concepto de atractividad, sino que, “por la cara”, le otorgamos mayor simpatía, inteligencia y capacidad. Les conferimos unas aptitudes psicológicas destacadas en aprendizaje, eficiencia y efectividad. Y todo, en demasiadas ocasiones, a primera vista.  En esta positividad de lo igual se encuentra la base de la discriminación y el miedo a lo contrario, a lo de enfrente, a lo distinto, a la diversidad.

Tal vez como a mí, te llame la atención; cómo es que en una realidad hipercomunicada como la actual, en el que todo el mundo quiere ser distinto a los demás, para sentirnos seguros necesitemos tanto de lo igual, de lo mismo, de potenciar la conformidad y de juzgar a los demás con una sola mirada. Y es que el miedo al derrumbe del mundo familiar, de lo no cambiante, es un miedo profundo; un estado emocional semejante al del aburrimiento profundo.

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Blas Ramón Rodríguez

Psicólogo. Especialista en Medicina Psicosomática y Psicología de la Salud, experto en intervención psicológica en Diversidad Funcional y Trastornos mentales, Master en psicología del trabajo, por las Universidades de Barcelona, Ramon Llull, San Jorge, UOC, de Las Palmas de Gran Canaria. Escritor y divulgador científico en diferentes medios de comunicación. El propósito de su actividad profesional, científica, divulgativa y literaria, es poner al alcance de cualquiera la psicología como elemento esencial para la mejora de la calidad de vida.
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