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Garrincha, el ángel de las piernas torcidas

Castigado por el azar

El destino quiso que fuera el séptimo hijo de un padre alcóholico. Su madre era también su hermana mayor, Rose, la misma que le puso el apodo Garrincha a Manuel Francisco dos Santos. Víctima de una poliomielitis a los seis años y con una deformidad de nacimiento en la columna, el pequeño Manuel le hacía acordar a Rose al pájaro tropical de piernas torcidas que llevaba ese nombre. Garrincha tenía la pierna derecha torcida hacia adentro y la izquierda, que era seis centímetros más larga, doblada hacia afuera. Ni el más optimista pensaba que podría desarrollar un deporte con normalidad. Pero en su camino había mucho más que eso.

Garrincha tenía las piernas torcidas y la izquierda más larga que la derecha.

Alegría do povo

El inolvidable Eduardo Galeano escribió “nadie en la historia del fútbol hizo feliz a tanta gente como él”. Hablaba de Garrincha, claro. En la cancha, como en la vida, era extremo. Tenía un estilo particular de dejar en el camino a sus rivales y parecía disfrutar más de eso que de convertir goles. No le alcanzaba con superarlos, volvía sobre sus pasos para gambetearlos una y otra vez, como si en realidad estuviera protagonizando un número de circo.

Las tribunas del Botafogo explotaban en los 50’s con las gambetas de Garrincha, mientras él hacía explotar sus órganos bebiendo cachaça sin parar en los bares de Río de Janeiro. Los hinchas del Fogão eran tan felices viendo su gambeta endiablada que le pusieron un segundo apodo: Alegría del pueblo.

Dos copas y un hijo

En la previa al Mundial de Suecia 1958, los jugadores de la selección brasileña debían hacer un test psicofísico cuyo resultado no podía ser menor a 123 puntos para que pudieran viajar. El resultado de Garrincha fue 38. Era tan bueno a pesar de sus limitaciones físicas y psicológicas, que sus compañeros presionaron para que no fuera desafectado del equipo y finalmente participó del Mundial. Su desconexión con el mundo real era tal que durante los festejos por la obtención del título, preguntó: “¿Cómo? ¿Y la segunda rueda?” Además de su magia, también dejó en Suecia una semilla que nueve meses más tarde se llamaría Ulf y sería uno de sus 14 hijos.

Cuatro años más tarde fue la máxima figura de un Brasil que, sin Pelé, lesionado en el segundo partido, repetiría su título mundial en Chile ’62. Los periodistas brasileños que fueron a esa copa recuerdan la táctica del equipo: “Hay que dársela a Garrincha”. Fue uno de los goleadores del torneo con cuatro tantos junto a su compañero Vavá, el húngaro Florian Albert y el ruso Valentin Ivanov.

Garrincha ganó dos mundiales con Brasil y solo perdió un partido: el último que jugó, en Inglaterra 1966.

Pese a la artrosis grave que le habían diagnosticado en las rodillas por la pésima postura de sus piernas curvas, Garrincha llegó a jugar su tercera Copa del Mundo en Inglaterra 1966, aunque solo disputaría los dos primeros partidos. En el debut marcó un gol inolvidable de tiro libre con la parte externa de su pie derecho. El “tiro banana” fue una insignia a lo largo de su carrera. Sería su último festejo con la casaca verdeamarela. Brasil le ganó 2-0 a Bulgaria. El otro gol lo hizo Pelé y esa fue la única vez que los dos metieron goles en un mismo partido. La segunda presentación fue derrota por 3-1 contra Hungría. Garrincha no lo sabía, pero ese sería su último partido en la selección. Y era la primera vez que perdía con esa camiseta.

El ocaso y el adiós

El dolor de rodillas era inaguantable y aunque los médicos de Botafogo no querían que se opere los meniscos porque perderían dinero mientras él no pudiera jugar, Garrincha accedió a la cirugía. Ese sería el principio del fin. Nunca más volvería a ser el mismo. En 1973 tuvo su partido homenaje: la FIFA armó un equipo con mayoría de argentinos y uruguayos y él jugó rodeado de sus mejores compañeros de la selección brasileña. El Maracanã pocas veces estuvo más lleno que ese día, quizá solo en la final de 1950, el recordado maracanazo, partido que Garrincha ni siquiera vio por televisión porque ese día, con apenas 16 años prefirió irse a pescar.

Garrincha jugó un rato y antes de que se terminara el primer tiempo se despidió. El árbitro detuvo el partido para que las 131 mil almas presentes lo ovacionaran. Como pudo, dio una vuelta olímpica y desapareció por el túnel. De ese túnel, nunca volvería a salir.

Tuvo 14 hijos, de los cuales uno fue producto de una relación fugaz durante el Mundial de Suecia.

Podrido por fuera y por dentro

Prácticamente desde que tuvo conciencia y un poco de dinero en su bolsillo, Garrincha encontró razones para ahogar sus tristezas en el alcohol. De sus tres amores en Brasil (tuvo uno fugaz en Suecia), la que más le hizo doler el corazón fue Elsa Soares, una leyenda del samba con quien estuvo durante 15 años. No fue la última pero sí la que llevó siempre en el corazón.

Durante lo que duró la alegría en el pueblo del Botafogo por las gambetas de Garrincha, los dirigentes hicieron fortunas y al gran Mané le pagaron menos que muy poco. Su inconciencia era tal que un día dos agentes bancarios se presentaron en su casa de Pau Grande y encontraron dinero podrido a la intemperie. Sin embargo, en sus últimos años abundaron dos cosas: la pobreza y el alcohol. Extremo. Siempre al límite entre adentro y afuera, haciendo equilibrio por la raya. Así vivió Garrincha y así murió, a los 49 años, cuando su cuerpo ya no toleraba ni una gota más.

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