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El México de Andrés Manuel López Obrador

La elección de López Obrador produjo un resultado extraordinario: la mitad de la Cámara de Diputados y algo más de la mitad del Senado estarán ocupados por mujeres.

Hay hechos puntuales que cambian la historia. Son rupturas, coyunturas críticas que demandan nuevas herramientas analíticas para ser comprendidas. Ello para situar al lector en México. Tómese la elección de 1988, por ejemplo, síntoma ya entonces del desgaste de la maquinaria del PRI. Una escisión de centro-izquierda—Corriente Democrática, luego PRD—compitió de igual a igual y, según las crónicas de la época, le ganó.

Hubo fraude, pero en dicha ocasión no fue por el acostumbrado apetito plebiscitario de la familia revolucionaria sino para llegar a Los Pinos. Sirvió a efectos de extenderle la vida al PRI cuando su certificado de defunción ya estaba escrito y para reorganizar las relaciones del partido con el sector privado. Ocurrió por medio de la privatización a partir de 1991, que favoreció a un puñado de conglomerados multisectoriales concentrados, y luego con FOBAPROA en 1995, el programa de rescate de los mismos bancos privatizados y ahora quebrados.

Así surgió una nueva elite dominante, una plutocracia forjada desde la presidencia. La política, a su vez, se construyó de manera análoga al poder económico: conglomerar los recursos políticos e integrarlos transversalmente —Atlacomulco— en paralelo a la integración y concentración de la riqueza. El PRI perdió en 2000 en manos del PAN y el país se democratizó. No fue poca cosa, pero el poder real quedó a resguardo en otra parte.

Le siguió un México más desigual y violento, un país de billonarios pero con más de 50 millones de pobres, una sociedad victimizada por los carteles que controlan el territorio y los gobiernos subnacionales. Es importante mirar el pasado, pues el discurso de López Obrador —quien además fue parte de aquella escisión de 1988— retrata el país y el régimen político nacido entonces. Contra todo ello se pronunció un aluvión de votos el 1 de julio último, un verdadero referéndum.

Se trata sin duda de un cambio de época, otra coyuntura crítica. Se dice que desembarca el populismo, fenómeno que debe comprenderse más que demonizarse, digo aquí. Al populismo se lo asocia con el colapso de la república. La conexión es cierta, en tanto se tenga presente que el mismo es efecto, no causa, de la degradación de dicha república. Precisamente, toda sociedad corroída por profundas desigualdades, derechos masivamente vulnerados y un generalizado sentimiento de injusticia es un buen cliente del populismo.

Más allá del pánico en auge, sin embargo, es improbable que López Obrador llegue al poder para convertirse en un ignominioso populista, y ello aún con sus pulsiones mesiánicas. Quienes en él ven a Chávez deberían examinar algunos atributos centrales de la economía y la institucionalidad mexicanas, y del propio proceso político que lleva a López Obrador a la presidencia, pues en realidad funcionan como antídotos contra el populismo.

Para empezar, México no es un petro-Estado. La economía está en manos privadas, el 31% en industria, 64% en servicios y 4% en agricultura. En contraste con Venezuela, su economía nunca dependió enteramente del petróleo. Pemex ya casi funciona como una empresa privada en un mercado energético abierto. En México el ingreso proviene de la maquila, el cemento, el comercio internacional y el turismo, todas actividades no estatales. No ocurre que el vencedor de una elección también asuma el control de la riqueza productiva.

Su configuración constitucional es estable, con separación de poderes y fuerzas armadas históricamente profesionales y apolíticas. La autoridad electoral, el INE, es neutral y autónoma del poder político. Más aún, la constitución consagra un período presidencial de seis años sin reelección. Es difícil imaginar que alguien sea capaz de desconocer el lema originario de Francisco Madero, el cual rige desde 1910. “Sufragio efectivo, no reelección” es la identidad de México.

La elección de López Obrador produjo un resultado extraordinario: la mitad de la Cámara de Diputados y algo más de la mitad del Senado estarán ocupados por mujeres. Esa es la única revolución de este aluvión de votos, pues el empoderamiento de las mujeres constituye otro antídoto contra el populismo. Ocurre que el populismo entiende la ciudadanía como agregación y homogeneidad; el feminismo, como heterogeneidad y expresión multicultural.

Es que el populismo es un proyecto homogeneizador anclado en una difusa noción de pueblo y en la primacía ilimitada de la mayoría. Como operación intelectual, disuelve y niega la identidad de la minoría, una definición que no depende del tamaño de grupo alguno sino del desigual acceso a los recursos materiales y simbólicos. Como resultado de un proceso de reforma de largo aliento, la minoría femenina tiene hoy en sus manos el 50 por ciento del proceso legislativo. Llegó para prevenir cualquier intento de disolver su identidad y sus intereses.

Mientras la conversación sobre populismo continúa, las cúpulas empresariales ya han declarado el armisticio en una guerra que nunca existió, reconociendo la victoria del presidente electo. Los grupos de negocios hablan de entendimiento y confianza, y del compromiso a seguir invirtiendo en y por el país. Todo ello después de la reunión de López Obrador con el CCE, Consejo Coordinador Empresarial, organización de elite cuya influencia máxima ocurrió durante el salinismo en los noventa.

Volviendo a lo anterior, el paralelo de López Obrador y Chávez tal vez sea prematuro y exagerado. Mi hipótesis—y es solo eso, una hipótesis—es la de otro político, un candidato que hablaba de “salariazo”, entre otras promesas de campaña, y que al llegar al poder encontró una economía en crisis, con fuga de capitales e hiperinflación. Ante el problema, le entregó la política económica al conglomerado empresarial más importante de su país.

Hablo de Carlos Menem, un populista que fue presidente por una década. Según los expertos, el suyo fue un populismo “neoliberal”.

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El País
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