Eros Ortega Ramos

El legado de Chávez y la Constituyente de Maduro

Desde el mes de marzo del año 2013, el mandato del llamado sucesor de Simón Bolívar, llegó a su fin tras la muerte de su polémico líder venezolano, Hugo Rafael Chávez Frías. Para ese tiempo, se llegó a calcular que el crecimiento de Venezuela se encontraba por encima del 5% anual, debido a que el precio del barril de crudo hacía posible la realización de todos los programas sociales que el gobierno impulsaba. Fue así como el discurso nacionalista (o “socialista” como muchos le llaman) se divulgó con éxito al exterior de las fronteras, pese a la inconformidad de la oposición y a la advertencia de una crisis venidera por parte de diversos especialistas en materia económica. Tan sólo dos años después, la crisis económica, política y social de Caracas situarían al chavismo como un fracaso rotundo ante los ojos del mundo, en cuanto a sistema de gobierno se refiere, y peor aún, situarían a su sucesor como dictador, extremista y hasta loco, porque llegó a presumir en alguna ocasión que tenía contacto con su antecesor difunto por medio de un “pajarito”.

Y hablando del rey de Roma (o más bien de Venezuela, literalmente), el pasado domingo 30 de julio del año en curso, se llevó a cabo la elección de la Asamblea Nacional Constituyente en medio de protestas, detenciones arbitrarias y asesinatos, ya que según información de la Fiscalía, al menos diez personas perdieron la vida durante este proceso electoral. Con esta cifra, el número de fallecidos desde que iniciaron las manifestaciones en abril contra el gobierno de Maduro, ya habría superado los 120 en menos de seis meses.

Y sucedió lo que se veía venir, cuando Maduro recibió en el Poder Electoral de Venezuela un informe con el boletín oficial de la jornada electoral para la conformación de la Asamblea Constituyente; un pronunciamiento en contra de la oposición respecto a la situación de tensión sobre la cual se llevaron a cabo las votaciones: “Yo calculo que más o menos unos dos, tres millones de personas (…) se les impidió votar por las barricadas, por las quemas, por las balas, por las bombas, por la campaña de las televisoras privadas” (Excelsior, 31/VII/17). Lo que resulta curioso respecto a su acusación contra las “televisoras privadas” es que, irónicamente, el gobierno del mandatario controla más del 90% de los medios de comunicación, por lo que la libertad de expresión se ha visto sumamente censurada. Con honrosas excepciones como el diario “El Nacional”, la oposición a Maduro se ha ido sofocando gradualmente.

Recuerde que desde el 2013, año en que el mandatario asumió la presidencia de su país se fortaleció un modelo de gobierno estatista (erróneamente llamado “socialista”) que consistió en la planificación y el control centralizado de la economía. Este hecho disparó la inflación de una manera estratosférica, ya que tan sólo un año después, ésta se calculó en un 68.5%. Aunado a esto, la escasez de medicinas y alimentos agudizó el problema. Pero, la gota que derramó el vaso, fue la inevitable caída en el precio del petróleo, el cual era la principal entrada de divisas del país, con más del 90%. Y aquí es donde el desastre económico puso a Venezuela en los ojos del mundo, principalmente para un país en donde desde tiempos no muy lejanos, el petróleo ha sido una preocupación inminente; Estados Unidos. Años después de que ésta nación saliera victoriosa de la llamada “Guerra Fría”, la historia se encargó de dar a conocer su estrategia del bloqueo a un país que supo tergiversar el socialismo a conveniencia propia, o sea, Cuba. De esta manera, no resulta descabellado suponer que ante una nación inmensamente rica en petróleo, se apueste por repetir la misma estrategia política, pero ese es otro tema que no nos atañe en ésta ocasión.

Para muchos expertos, con el estatismo anteriormente mencionado, se llega a la inevitable conclusión de que “la cura socialista”, por así llamarla, fue peor que la enfermedad, o sea, “la intervención capitalista”. Y es que con tan solo mencionar el significado de este término pocas veces utilizado dentro de la filosofía política, nos damos una idea del porqué Maduro pretende continuar con la línea de gobierno que alguna vez corrió a los “Yanquis de mierda” de su país: “La soberanía no reside en el pueblo sino en el Estado nacional, y que todos los individuos y asociaciones existen con el solo propósito de mejorar y desarrollar el poder, el prestigio, y el bienestar del Estado. El concepto de estatismo, que a veces se considera sinónimo con el concepto de nación, y corporativismo repudia el individualismo y exalta a la nación como un cuerpo orgánico encabezado por el Líder Supremo y alimentado por unidad, fuerza y disciplina” (Plano Jack, 1973).

Es importante mencionar que aunque se pretenda desarrollar una economía autosustentable y fuertemente apoyada por la producción nacional, en esta época de la globalización, un país ya no puede desconectarse del mundo como se hizo en la época de la Rusia socialista. Un claro ejemplo de esto fue Cuba, que luchó durante años contra el llamado “Imperialismo Yanqui” y que hoy en día no le ha quedado de otra que sucumbir ante el lento pero gradual desbloqueo que alguna vez se vio fortalecido por unos Estados Unidos que no titubearon en mostrarle al mundo lo que pasaba si alguna nación osaba de desafiar la supremacía del imperialismo.

El mundo de hoy, nuestro mundo, es un mundo globalizado, en donde todos dependen de todos, esto debido a que la economía se ha empapado de políticas neoliberalistas que conectan a los sectores privados de todo el planeta, disminuyendo la intervención del Estado al máximo para dar lugar al libre mercado, o en otras palabras, al funcionamiento del mercado exento de factores institucionales o arancelarios. Por lo tanto, pretender terminar con las empresas privadas y con las inversiones extranjeras es un error en la economía de cualquier país. Y las consecuencias se pueden visualizar ahora, cuando la producción Nacional de la que tanto presumía la Venezuela de Chávez se ha desplomado, creando una crisis social y alimentaria sin precedentes.

Para finalizar, considero obligatorio mencionar que las dictaduras han logrado satanizar al socialismo, y lo han hecho de una manera sagaz (aclaro que no compagino en lo más mínimo con este sistema, sólo hago un paréntesis para explicar su intencionada tergiversación). El socialismo realmente existente (aplicado en la extinta URSS) que se reprodujo en la Cuba de Fidel Castro y que se sigue reproduciendo en la Venezuela de Nicolás Maduro, está lejos del socialismo científico que alguna vez propuso Marx, en el que las clases sociales desaparecerían y, en su etapa final, daría lugar al comunismo, en donde el ESTADO sería aquel que desaparecería, dando paso a un nuevo modelo de sociedad, en el que se presumía, “la historia llegaría a su fin”. Qué irónico que en estos gobiernos que se dicen socialistas, sea el propio ESTADO el que se refuerce por encima de todas las cosas, así que: ¿Qué se pretende consolidar con este hecho? ¿En dónde quedó la teorización sociopolítica de Marx? Porque si con la bandera del socialismo se intenta consolidar el poder de ese Estado en todos los rubros de un país, queda claro que aquella historia que alguna vez se aseguró, llegaría a su fin, lo único que está haciendo ese repetirse a sí misma por tiempos indefinidos.

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Eros Ortega Ramos

Licenciado en Sociología por parte de la Universidad Autónoma Metropolitana.
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