El candidato visitó mi casa

Por: Nicolás Lizama

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Uno de los candidatos, el más vivaracho, llegó, tocó a mi puerta y apenas abrí se metió como Pedro por su casa. Se sentó en mi sillón, cruzó las piernas y comenzó a platicar conmigo como si fuéramos amigos de la infancia, como si hubiéramos jugado canicas o a la pesca-pesca.

Más tarde me cruzó del brazo y le dijo a nos fotógrafo que nos ametrallara a flashazos. Por ratos (magia de la grilla), hasta creí que me presumía.

Platicaba tan desfachatadamente que llegué a pensar que el único punto de su agenda era la visita a mi humilde morada.

Los demás, sus acompañantes, nos veían y pintaban en sus caras una sonrisa que a veces me incomodaba porque no le encontraba motivo a esos rostros aparentemente muy felices.

No me dieron tiempo de arreglar nada. Llegaron desde muy temprano. Les dije que tenía mi casa echa un  cochinero. La señorita que llegó para avisarme soltó la mejor de sus sonrisas y me dijo que no importaba, que ese era el chiste, que el candidato sintiera como si estuviera en su propia casa. Me lo dijo tan espontáneamente que hasta pude habérselo creído. Un rápido ajuste mental me hizo volver a la realidad. El señor candidato jamás podría vivir como siempre yo he vivido. Mi puerta de entrada, sostenida apenas por una bisagra, que una combinación de flojera y de economía me han impedido colocarle las dos más que faltan, era la prueba más latente de que el señor candidato ni de relajo viviría más de un día en mi morada.

De todas formas, mientras el candidato saludaba mus afablemente a quienes se topaba en el camino, entre ellos el paletero, que, pobre, casi colapsa ya que jamás había sentido tanto “cariño” por parte de un político de tan alto rango, yo corrí al interior de mi casa, que también es la de ustedes, y levanté del suelo todo lo que pude.

Yo soy pobre, pero muy limpia. Esa ocasión me agarraron como al tigre de Santa Julia porque era un domingo y ese día me gana la flojera. Suelo levantarme tarde porque sé que tengo el resto del día para acomodar todo como es debido.

Lo primero que hice fue ir al espejo. Me quité las lagañas que aun tenía y me lavé la cara lo más rápido que pude. Clarito escuchaba la voz de la señorita que, apurada, me decía: “¡Doñita, doñita, ya viene el candidato!”.

Ni tiempo me dieron de echarme un tantito del perfumito que tengo para las ocasiones especiales. De pronto el señor ya estaba cruzando la puerta de mi casa. Me besó y me abrazó tan efusivamente que por momentos hasta me ilusioné pensando que su cariño era de a de veras y no de simple candidato.

La olla de frijoles que tenía en la estufa comenzaba a soltar su inconfundible aroma. ¡Y hasta eso me chuleó el candidato! Me dijo que olía riquísimo lo que estaba cocinando. Nunca mencionó frijoles, lo que me dio a pensar que el señor candidato ni siquiera los conoce.

Dos pavos y cinco pollas que tengo en un pequeño gallinero también fueron motivo de elogios por parte de mi distinguido visitante. Me dijo que apreciaba ese detalle, que estos son tiempos de gente emprendedora y no sé qué tantas cosas más, que, esas sí, me sonaron a purita demagogia.

El candidato parecía estar muy contento en mi morada. Iba y venía con tanta confianza que parecía que ya había estado varias veces. Eso me aterraba. Temblaba tan solo de pensar que se le ocurriera abrir la puerta de mi cuarto y que se le cayera encima. Hubiese sido muy bochornoso ese momento. Ya voy a cambiar la puerta. Lo juro. Por si le ocurre llegar a otro aspirante a la gubernatura.

Cuando el candidato se despidió y se marchó con todo su séquito siguiéndolo, me quedé deseando que ojalá y si llega a conseguir el objetivo por el que suspira, no tenga ningún reparo en recibirme en Palacio, o en la casa de gobierno ya de perdis, con todos los honores con los que yo lo he recibido en esta mi humilde casa.

NOTA DEL AUTOR: Lo anterior me lo contó mi “afortunada” vecina. Yo nomás de lejitos miré al señor candidato.

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