Psicología

De quien se cree su propia mentira digital

Aunque desde siempre hemos querido ser diferentes a los demás, nos pasamos la vida comparándonos con unos u otras.

Una mentira genera veinte que sostengan la primera” #blasramon

Uno de los factores más determinantes por los cuales alguien acaba creyéndose sus propias mentiras, es que la mentira se basa en una historia no del todo improbable, tienen algún atisbo de verdad y, en consecuencia, puede pasar por creíble. Hoy, el mundo virtual permite mayor pulimento y satinación de la “autenticidad” de cada cual.

Aunque desde siempre hemos querido ser diferentes a los demás, nos pasamos la vida comparándonos con unos u otras. En esta era de la hipercomunicación, llena de un ruido que no nos hace menos solitarios, la adicción a los selfies, el afán por encontrar aprobación en los “Me Gusta”, en el esfuerzo de producirse a sí mismo en base a lo que no somos, genera perfiles narcisistas parapetados en el anonimato virtual, especialmente en las Redes Sociales. Me refiero, sí, a ese narcisismo que es ciego a la hora de ver al otro.

La hipercomunicación virtual proporciona porciones de existencia feliz. Subidones psicológicos de autoestima fundamentados en el propio engaño.  El autoengaño corre por las redes a la velocidad de la luz, un poco menos, quizás, que las sinapsis de nuestras neuronas cuando nos creamos un personaje, fruto, con frecuencia, del aburrimiento profundo de nuestra realidad real.

La mentira digital está repleta de intercambios de complacencias. Las falsas identidades viven de este tipo de comunicación. La construcción de un alter-ego responde a la necesidad de resultar más atractivos/a o más inteligentes. Se trata de una tendencia extrema en un orden digital que distancia, cuando no ausenta, las relaciones corporales. Hoy, que merma la familiaridad de tener la gente enfrente y se impone una familiaridad digital, nuestras relaciones se basan en la fe. Si, tal como lo leen, en una fe como la de Dios, ya que del que está al otro lado de la pantalla digital en verdad sabemos lo que él o ella nos explica o quiere que sepamos. Las dificultades de detectar mentiras son, por lo tanto, enormes.

Cuando la subjetividad virtual camina al filo de la mitomanía, el yo internauta habita en el ostracismo, el aislamiento y el autodestierro. La vida en un mundo paralelo de bites se convierte en costumbre, puede que hasta en una forma de cultura, pero, sobre todo, en una distorsión psicológica de la realidad de consecuencias impredecibles. El mitómano/a digital acaba, en muchos casos, por no ser consciente, al menos plenamente, de lo que hace. La construcción de un personaje alejado de la realidad conlleva creerse los gustos, las costumbres, los conocimientos, los logros, las relaciones del impostor, o si lo prefieres, del “yo postizo”.

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Blas Ramón Rodríguez

Psicólogo. Especialista en Medicina Psicosomática y Psicología de la Salud, experto en intervención psicológica en Diversidad Funcional y Trastornos mentales, Master en psicología del trabajo, por las Universidades de Barcelona, Ramon Llull, San Jorge, UOC, de Las Palmas de Gran Canaria. Escritor y divulgador científico en diferentes medios de comunicación. El propósito de su actividad profesional, científica, divulgativa y literaria, es poner al alcance de cualquiera la psicología como elemento esencial para la mejora de la calidad de vida.
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