Psicología

De quien juega con los sentimientos

Quien juega con los sentimientos de los demás sólo cree en la libertad para sí mismo.

A quien juega con tus sentimientos le da lo mismo lo bien que lo hayáis pasado y le da igual lo mal que lo vas a pasar.”  

Las expectativas que nos hacemos de la realidad a veces se cumplen y nos hacen felices. A veces no. Y a veces nos juegan malas pasadas y nos hacen más vulnerables. La sensación, pero sobre todo la vivencia, de que alguien ha jugado con nuestros sentimientos, nos generan crisis importantes, sentimientos de culpabilidad, trastornos de ansiedad y pérdida de confianza, en nosotros mismos y en los demás.

No vamos a hablar aquí de que, como humanos, en algún momento hayamos decepcionado a alguien, causado daño por no corresponder a sus sentimientos o que, al  confundir amor con amistad, sintamos el enorme vacío del autoengaño. De lo que vamos a hablar es de la manipulación de los sentimientos de otro ser humano con fines de satisfacción y beneficio personal por parte de quien ejerce control sobre las emociones ajenas.

He aprendido a no convencer a nadie. El trabajo de convencer es una falta de respeto, es un instinto de colonización del otro.” José Saramago

Quien juega con los sentimientos de otra persona (iba a decir intencionadamente, pero jugar ya es en sí misma una acción intencionada) trata de controlar a través de la confianza que genera su capacidad para convencer. Ejerce un tipo de persuasión, un nivel de fascinación tal que, en demasiadas ocasiones, la persona manipulada no es consciente de estar danzando como una peonza hasta que tiene una visión de sí parecida a la de ser como un juguete roto. Habitualmente, éste estamparse contra la realidad, sobreviene cuando se destapa el chantaje emocional; cuando uno se percibe como sujeto pasivo, como una pieza de rompecabezas que se puede sustituir; cuando se descubre que el castillo no era más que una serie de pedazos inconexos de fragilidad, con los que alguien se divertía construyendo engendros caprichosos a su antojo.

Quien juega con los sentimientos de los demás sólo cree en la libertad para sí mismo.

Nadie puede garantizarse no sufrir por amor, no sentirse decepcionado por una amistad traicionada o experimentar desolación ante las sensaciones de que se ha jugado con sus sentimientos. Lo bueno es que siempre habrá algo que podamos hacer.

Así:

No esperar que quien genera falsas expectativas cambie o pida perdón es una buena manera de empezar a soltarse y poner distancia. Son muy pocas las personas que se disculpan por hacer daño. Detrás de este tipo de comportamientos se encumbren importantes carencias mediadas por el ego y la vanidad, así como complejos de inferioridad.

Entender que atracción no es un sinónimo de cercanía y que por lo tanto no se puede obligar a nadie a sentir algo diferente de lo que siente es una buena manera de sortear la decepción.  Así, se comprende, que el que juega con lo sentimientos de otra persona suele no sentir nada demasiado profundo por ella, y que esta realidad la persona afectada por la conducta de un manipulador/a no la puede cambiar.

Finalmente, lo mejor, acabar con la relación de forma radical. Poner literalmente tierra de por medio es un buen plan. Para conseguir que dicho plan funcione – realmente lo más importante está en manos de la “victima” –  lo conveniente es empezar a no buscar excusas, o a desechar las que existen para continuar una relación tóxica.

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Blas Ramón Rodríguez

Psicólogo. Especialista en Medicina Psicosomática y Psicología de la Salud, experto en intervención psicológica en Diversidad Funcional y Trastornos mentales, Master en psicología del trabajo, por las Universidades de Barcelona, Ramon Llull, San Jorge, UOC, de Las Palmas de Gran Canaria. Escritor y divulgador científico en diferentes medios de comunicación. El propósito de su actividad profesional, científica, divulgativa y literaria, es poner al alcance de cualquiera la psicología como elemento esencial para la mejora de la calidad de vida.
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