Psicología

Con la boca llena…de estrés

Un hambre desmedida o ansia incontrolada de picar algo nunca debe ser motivo de desatención o menosprecio.

Debes vaciarte de aquello de lo que estás lleno, para llenarte de aquello de lo que estás vacío”  San Agustín.

Hoy por hoy la disconformidad con la imagen del cuerpo se ha vuelto obsesiva para muchos, y para no menos supone una preocupación que ha pasado a ser algo sobre lo que pensar poco. En cualquiera de los casos, la comida es la cuestión más importante en las dietas y en la ausencia de control sobre la ingesta. En nuestra cultura, la ingesta es un asunto emocional.

En la cultura del consumo – decía Galeano – se nos adiestra para creer que las cosas ocurren porque sí”; así, el consumo nos viene consumiendo sin que seamos demasiado conscientes de ello, o peor aún, dejando voluntariamente de serlo. En los episodios de ansiedad y estrés, comer a todas horas es una conducta recurrente que acabamos por creer útil contra la ansiedad. Un mito tan falso como el de que fumar nos relaja. Pero, sin duda, los autoengaños funcionan, como lo que son realmente, una forma de mirar para otro lado.

Abarrotamos los locales de comida rápida. Su éxito de siempre consiste precisamente en eso, engullir ansiosamente un producto sabrosamente fabricado en base a alimentos ricos en grasas, harinas refinadas, sodio y azúcares (y ¡ojo! casi ausencia de alimentos saciantes) que activan nuestro circuito cerebral del placer. Tal recompensa la asociamos con estados de bienestar capaces de ahuyentar el malestar y el estrés. El efecto adictivo de esta creencia de satisfacción crea fieles de los fast foot y de las heladerías, pero también hábitos obsesivos cotidianos que hacen que la nevera sea uno de los lugares de la casa que más visitas reciben al día.

El estrés, el aburrimiento o la decepción, nos dan por comer, y esto altera los niveles de leptina, o lo que es lo mismo, genera sensación de insaciabilidad y mayor apetencia por los alimentos, lo que desencadena el consumo a cada instante. Y es que las situaciones ansiosas en general, nos despiertan distintos instintos primitivos de supervivencia, y todos ellos, generalmente, orbitan básicamente en torno a la comida. Las consecuencias físicas y psicológicas son obvias.

Un hambre desmedida o ansia incontrolada de picar algo nunca debe ser motivo de desatención o menosprecio. Disfunciones neurohormonales (problemas cardíacos, hipertensión) y trastornos de la alimentación (bulimias, obesidad, etc.), con consecuencias psicológicas graves son riesgos considerables derivados de la conducta de ingesta emocional, que acaban complicando la vida sobremanera.  En pocos trastornos, como el de la conducta alimentaria, se conjugan de manera tan cruda lo físico, lo psíquico, lo individual y lo social. Estas son razones de peso para insistir en neutralizar el estrés y crear un comportamiento alimentario coherente.

En una cultura que promueve comportamientos depredadores, donde devoramos de todo (comida, objetos, actitudes y hasta personas); aprender a distinguir las causas de nuestra ansia por comer (como del ansia de poder, de control) pasa por una revisión de creencias y del ligamen que fabrica el marketing y la publicidad.

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Blas Ramón Rodríguez

Psicólogo. Especialista en Medicina Psicosomática y Psicología de la Salud, experto en intervención psicológica en Diversidad Funcional y Trastornos mentales, Master en psicología del trabajo, por las Universidades de Barcelona, Ramon Llull, San Jorge, UOC, de Las Palmas de Gran Canaria. Escritor y divulgador científico en diferentes medios de comunicación. El propósito de su actividad profesional, científica, divulgativa y literaria, es poner al alcance de cualquiera la psicología como elemento esencial para la mejora de la calidad de vida.
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